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De convertibilidad, inflación y desintegración social

por Nicolas Locke

A casi 7 años del desastre devaluatorio, se me hace imprescindible tratar de entender que nos llevó como sociedad, primero, a establecer un corsé económico tan rígido como fue la convertibilidad y luego a la explosión- implosión del modelo , que dio como resultado que casi el 50 % de la población quedara por debajo del índice de pobreza.

La primera pregunta obvia es cómo llegamos a establecer un proceso de paridad cambiaria como el que tuvimos en la década del 90.      Sin la pretensión de hacer de este artículo un ensayo de historia económica, sino tan solo con el objetivo de aportar algunas nuevas ideas, es que debería comenzar planteando que, sin lugar a dudas, el 1 a 1 tuvo claramente una motivación anti inflacionaria.     En 1990 la Argentina llevaba ya dos largas décadas de lucha contra la suba de precios y no parecía en el horizonte haber una solución a un problema  que  todos los manuales de economía definían con una precisión quirúrgica y que, sin embargo,  escapaba a todo canon tradicional de resolución.        

Por supuesto que las causas estructurales generadoras de inflación estaban todas dadas en la Argentina de fin de los 80: deuda externa impagable, déficit fiscal, superabundancia de empleados públicos, empresas de servicios públicos estatizadas que engrosaban mensualmente ese mismo déficit, un Banco Central emisor de moneda sin respaldo, inseguridad jurídica, economía cerrada, sistema político clientelar, partidos políticos raquíticos , muy baja calidad institucional, sindicatos con una enorme capacidad de chantaje sobre el sistema político, etc, etc, etc. Y sin embargo, y a pesar de ese diagnóstico parecía subyacer un fenómeno de tipo cultural que iba más allá de razones de índole estrictamente económica.    Esto es, la capacidad de generación de la espiral inflacionaria parecía responder a causas más complejas. Y,  a pesar de que durante el primer año de gobierno de Carlos Menem se aborda la crisis con recetas relativamente ortodoxas, sin embargo se vuelve a naufragar y se resuelve entonces, ya con Domingo Cavallo, echar mano al modelo de convertibilidad (que, por otra parte no era la primera vez que se utilizaba, tanto en la historia económica argentina como en la internacional)  como una manera de reconstruir la confianza a partir de atar las paridades peso dólar, y así disipar los temores de una nueva devaluación (que hasta ese momento había sido la medicina recurrente a la que todos los ministros de economía habían echado mano).

 Por lo tanto se transformó en una maravillosa solución pero con fecha de vencimiento, a menos que las pautas culturales argentinas realmente cambiaran y entonces no se temiera el rebrote inflacionario.   Es por eso que duró lo que duró el poder político que la sustentaba, acabado el cual se esfuma en el aire.  

Después de 10 años de vivir con estabilidad de precios algunos dirigentes comenzaron a hablar de la necesidad del cambio de modelo (Duhalde dixit), esto significaba abandonar la convertibilidad pero también abandonar la política de libres mercados , libre juego de oferta y demanda, productividad, apertura, competencia, se abandonaba la idea de ser eficientes en todas las áreas posibles. Y se la sacrificaba a la de un dólar alto que garantizara trabajo para más argentinos sin pensar en las consecuencias en el orden de la ineficiencia productiva y tampoco sin pensar en que un régimen de dólar alto necesariamente y como contrapartida es de salarios bajos lo que finalmente se termina transformando en un remedio peor que la enfermedad, perjudicando más a quienes se dice proteger.       Además, quebrado el modelo a partir de la maxi devaluación lo que quedó es una inflación encubierta reprimida, que un muy concentrado poder político ahora  impide emerger a  partir de un control de precios que durante un tiempo funcionó aunque con un efecto  desalentador de todas la áreas de la economía.  Y, si en este punto del trabajo hacemos un salto hacia la coyuntura, diría que el corsé  parece reventar ahora  por todos lados a pesar de todos los esfuerzos y a pesar de tener una macroeconomía con variables muy sólidas (superávit fiscal, reservas, salarios bajos, alimentos baratos).   

 La pregunta es entonces:  cuando desaparece la inflación de la faz de la Argentina en los 90, ¿había realmente desaparecido o estaba encubierta  coyunturalmente respondiendo no solo a variables económicas sino a alguna otra dinámica? No habrá sido acaso la convertibilidad un intento muy eficiente y logrado de la aplicación ortodoxa en materia económica pero que sin embargo no tuvo en cuenta una causa subyacente?  Porque otra pregunta es, ¿y si no porqué reaparece la inflación una y otra vez en el panorama? ¿Será que hay algo a desentrañar sociológicamente que explicaría mejor que déficit fiscales, o emisión o ineficiencias varias la génesis de la inflación?   

Me propongo plantear la hipótesis,- (sin caer en las simplistas explicaciones de corte marxista tradicionales que otorgan a la estructura de clases una entidad que parece no poder nunca definirse)- de que en la Argentina subyacen dos modelos culturales de ciudadanía que atraviesan transversalmente a la sociedad, dos modelos de concepción de las relaciones políticas, económicas e institucionales que, invariable e inevitablemente entran en contradicción periódicamente, y cuyo efecto más notorio es un empate hegemónico que hace muy difícil la gobernabilidad del sistema.  Empate de hegemonías que tiene como resultante la impugnación y anulación de lo realizado por el modelo precedente y por lo tanto transformándose en un juego de suma cero donde necesariamente todos perdemos.  Creo  que desde allí podemos empezar a explicar las recurrentes crisis a las que inexplicablemente accedemos sin que estén dadas condiciones económicas infraestructurales (crisis del campo), y también sirve como elemento explicativo de las diferencias existentes con, por ej. Brasil o Chile, donde parece haber una mayor homogeneidad cultural.

Para esquematizar conceptualmente y citar una fecha parcialmente arbitraria podríamos decir que, al interior de la sociedad; desde 1945 hacia acá encontramos dos formas de relacionamiento social, una, que parece surgida al calor del estado populista clientelar, donde la participación gregaria a un grupo suele ser más importante que la adhesión a estructuras racionales, institucionales, a la hora de tomar decisiones en el orden de la vida personal, económica, política. Y una forma más individualista, inmersa en valores de corte más prooccidentales, donde la libre iniciativa y la posibilidad de tomar decisiones más racionales, sin intervencionismo de ningún tipo parece ser el elemento predominante.

Estos últimos 60 años han encontrado a la Argentina en una lucha por el control del modelo (económico y político) entre estos dos grupos sociales que parecen no compartir un mismo diagnóstico de la realidad …     
 
Continúa en el próximo número

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Categorías:Sociedad
  1. Miguel Angel Tobía
    noviembre 4, 2010 en 12:19 am

    El último párafo, es uno de los más inteligentes análisis sociológico que he leído
    Miguel Tobía

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