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Nacer y crecer en la crisis

El presente artículo forma parte del libro “Nacer, crecer y morir en la crisis” de Norberto Baranchuk (compilador), publicado por editorial Almagesto.

A la gente no le preocupan mayormente las dialécticas o las oposiciones de nuestra época del tipo: público/privado, modernidad/posmodernidad, porque ambas pueden tener sus lados buenos y malos; lo que interesa es el destino de la humanidad y la de sus hijos en particular. Los hombres y mujeres de hoy están detrás de una cosmovisión que les permita comprender y vivir en este mundo complejo, pluralista e incierto.
Pretenden (y con derecho), entender los fundamentos del existir y buscar un sentido a la vida, sin abandonar la necesidad ineludible de interpretar los acontecimientos cotidianos, los actores y procesos sociales y las estructuras que diseñan nuestra sociedad.
Es función de los intelectuales interpretar y tratar de explicar los cambios que en estas materias se producen (Perez Lindo: 1992).
El derrumbe del Estado de Bienestar es evidente, pero no son claras las razones que lo determinaron. Y de nada sirve que no nos guste la situación, porque el reloj de los hechos nunca va hacia atrás.
El Estado tuvo la posibilidad de universalizar e ideologizar la educación pública, desarrollar sistemas de salud, divulgar prácticas de higiene y cumplir funciones de fiscalización sanitaria. Hoy, la autoridad del Estado se ha erosionado en distintos sentidos.
Lo que hacía el Estado en educación y salud estaba respaldado por la ciencia, el método y la razón, y era indiscutible. Los diversos modelos educativos y de atención médica actual, compiten con la pretendida universalidad y el mensaje hegemónico de la Universidad y el Gobierno.
La Crisis
La crisis que vivimos ha dado origen a movimientos de ideas que transforman el imaginario social sobre la maternidad, la paternidad y la crianza. Sobre la vida y la muerte.
También se está modificando nuestro pensamiento sobre:
– Las relaciones del ser humano con la naturaleza (a partir de la prédica ecologista).
– El rol de los géneros y la posición de la mujer (a través de los movimientos feministas y neofeministas).
– Los derechos de las minorías locales, étnicas, nacionales, que plantean nuevos conflictos, expectativas y reivindicaciones.
– La violencia como un mal no erradicable del cuerpo social.
– La posibilidad de consensuar o no, de entendernos o no, de pensar con los otros en una acción comunicativa.
Todos estos movimientos influyen en la formación de una conciencia colectiva y en la difusión de nuevas ideas.
Esa conciencia colectiva es forjada a través de los nuevos predicadores: los comunicadores sociales y los medios masivos que han desplazado a los científicos del crecimiento y desarrollo: obstetras, neonatólogos, nutricionistas, psicólogos y pediatras. Es un señalamiento continuo y cotidiano sobre los problemas ambientales y de atención médica que la comunidad padece. Cosa que pone en duda la legitimidad del derecho a la salud y que hace sospechosa la posibilidad de implementarlo en nuestra sociedad.
La vida y la libertad son dos valores que el pensamiento contemporáneo reconoce y el desencanto posmoderno no alcanzó.
El derecho a la salud, como garantía de vida y basamento para el ejercicio de la libertad política y social, estaban garantizados por “el Estado Benefactor”.
Cuando entró en crisis en los países desarrollados, dejó de ser el modelo de uso corriente en la periferia. Se perdió la legitimación que proveía el centro. Y la inseguridad cundió.
Como idea fuerza tuvo consenso durante medio siglo. Hoy está debilitada por múltiples razones y proyectos alternativos, que en esencia la niegan.
Los factores que desencadenan el proceso de desgaste y descreimiento de la idea ‘del derecho a la salud’, se pueden objetivar en la crisis económica, los mecanismos de ajuste, la deuda externa, el debilitamiento de la solidaridad y, fundamentalmente, en la observación de las instituciones de salud, cuyo modelo de organización no da respuesta adecuada a los requerimientos de la población en general y de los enfermos en particular.
Los jóvenes pueden proclamar una autonomía -que desde hace tiempo los seres humanos no gozan-, para el control de su porvenir, la elección de su pareja, la formalización de la convivencia, la gestación y crianza de los hijos.
Pero reclaman, con todo derecho, que esas decisiones puedan tomarlas en un marco de seguridad para ellos y para su descendencia. Esa seguridad puede provenir de sus padres, de un grupo solidario o del Estado.
El desgaste y deterioro del actual sistema de atención médica, que algunos piensan como un “no sistema” y otros como un proceso de fragmentación y la total falta de coordinación sostenida por todos, no aportan seguridad, ni certeza futuras. Contribuye, sí, al sentimiento de crisis en que se debaten las generaciones actuales.
La perinatología
La integración de obstetras y pediatras para la asistencia del embarazo, el parto y el recién nacido, fue un hecho auspicioso.
Los tocoginecólogos pudieron así reconocer los éxitos y fracasos de su accionar en los niños que ayudaron a nacer, y los pediatras ver en los padres y el feto a los sujetos ya presentes de su atención médica.
La realidad hoy, preñaba de incertidumbre e inseguridad para la sociedad y las familias, obliga a ampliar este punto de vista, elevando el horizonte de la mirada.
Se hace impostergable, para los actores de la asistencia perinatal, problematizar el entorno social.
Recordemos que la solidaridad frente a la enfermedad o la necesidad de cuidados especiales es un valor social y también una estrategia frente a la desigualdad económica.
La solidaridad permite acceder a la atención médica y otros beneficios considerados públicos.
La realidad señala que esa solidaridad se hace presente en momentos de expansión y bienestar, y que se retrae y fragmenta cuando aparecen las crisis. A esto se suma la competitividad, valor sustancial de la libertad de mercado y responsable principal del aislamiento social. Este último es generador del hiperindividualismo epocal, que deja muy poco espacio para la unión fraternal apoyada en un humanismo hoy olvidado.
Aparearse en el 2000
El proyecto de familia e hijos es, para los jóvenes, una apuesta para el año 2000 en adelante. Pero para ellos, como para ningún otro grupo social, el futuro ya llegó.
La decisión de apareamiento -tomada en etapas del desarrollo personal que no son las más óptimas, desde el punto de vista de la evolución psicoemocional- requieren, para que no sea un ciego huir hacia adelante, pensar y repensar su accionar.
Porque reconocer la otredad en la pareja no es tarea fácil. En realidad sólo queremos que el otro descubra, en nosotros, la nuestra (López Gil: 1993).
Habitualmente encontramos en los jóvenes discursos diferentes sobre los nuevos tipos de familias a formar, que son mezcla de experiencia vivida, narrativa idealizada y modelo reparatorio de sus propios padres (sin que por ello se libren de la compulsión a la repetición). Sin embargo, un nuevo respeto por el otro hace que los consideremos con atención.
Tratan de concertar con la pareja. Lo que señala la declinación del tan mentado imperativo moral que proponía universalizar los valores propios, sometiendo al otro/otra, pretendiendo imponer la propia identidad ética.
En la medida en que las libertades personales se han ampliado, la tolerancia por lo otro y los otros se han expandido tanto en el territorio de lo público, como de lo privado.
Las conquistas en materia de libertades tienen múltiples expresiones, abarcando el territorio del desarrollo psicosocial de los adolescentes y adultos jóvenes. Se hace necesario, por ello, promover una aceptación de los criterios divergentes de los padres, las familias o la colectividad (internalizados por los jóvenes), para que estos criterios no sean interpretados como signo de anormalidad.
Aceptar grados de libertad del otro en el mundo de la vida cotidiana es preservar nuestra propia libertad (Arocena:1991).
Sin embargo es necesario conocer los límites que demarcan el campo de lo no tolerable (violencia, maltrato, alienación, etc).
Todo esto, y mucho más, ha prolongado la edad de consolidación de parejas. A los conflictos interpersonales se agregan los sociales, como son la urbanización, la dependencia económica, la prolongación de la adolescencia, etc.
La revolución sexual de los sesenta hizo tolerable para la sociedad la convivencia no formalizada, ni burocratizada de las parejas jóvenes. La sociedad pluralista de los ochenta construyó el sueño de la media naranja. En los noventa se dejó soñar “si familia queréis formar”, como dice el refrán.
Los modelos de familia son expresión de la sensibilidad y el pensar de cada época. Sus jóvenes representantes tienen derecho a defenderlos. Pudiendo así identificarse con los conceptos del momento. Lo que está bien lejos de cualquiera pretendida idea de autonomía generacional.
Los jóvenes de hoy
La percepción que tienen los jóvenes de que el sistema de salud se ha desmejorado y que la medicalización amplió la hipocondría social, no es poca cosa. De frente al futuro, un hoy azaroso, incierto e inseguro se les presenta.
Este sentimiento, inmerso en una crisis global, ha puesto en tela de juicio los valores sociales, políticos, económicos y culturales que funcionaban como parámetros normativos y direccionales.
Los futuros padres, posicionados en un presente vertiginoso, miran al pasado para saber con qué restos de la modernidad contar y construir su destino; y miran al futuro que está en su ser y en su entorno, preguntando a la posmodernidad ¿quo vadis?

Por Norberto Baranchuk

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Categorías:Psicología
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