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Las bandas de sicuris andinos

por Prof Silvia Domenech

Poblada de sonidos que vale la pena escuchar, la entrañable   «América Profunda» de la que hablaba Kusch sobrevive en cantos, ritmos, melodías  e instrumentos musicales que perduran obstinadamente a través del tiempo. Tal es el caso de las  bandas de sicuris andinas, que llegaron hasta nuestros días manteniendo muchas de sus características distintivas.
Existen en la actualidad numerosos géneros de bandas en  Perú, Bolivia, Argentina y Chile. Su  origen se remonta a  los pueblos aymarás, que  unificados internamente por una misma tradición cultural y una misma lengua,  habitaron la cuenca del lago Titicaca entre los años 700/1.000 d.C. Posteriormente fueron anexados al incario aportando estos  sonidos ancestrales, de lo que da testimonio suficiente el  Inca Gracilazo de la Vega :  « De música alcanzaron  algunas consonancias, las cuales tañían los indios Collas, o de su distrito, en unos instrumentos hechos de cañutos de caña, cuatro o cinco cañutos atados a la par; cada cañuto tenía un punto más alto que el otro, a manera de órganos (…) cuando un indio tocaba un cañuto, respondía el otro en otra consonancia y el otro en otra, unas veces subiendo a los puntos altos y otras bajando a los bajos, siempre al compás (…)» (1)
La tradición oral nos remite a Italaque ( hoy Provincia de Camacho, Departamento de la Paz, Bolivia) y Charazani ( hoy Provincia Bautista Saavedra, del mismo departamento)   de donde se cree que provenían estos  músicos que acompañaban en su peregrinar a sus  vecinos Kallawayas, sanadores o chamanes trashumantes.
Seguramente  las bandas de sicuris formaban parte de representaciones simbólicas complejas y es muy probable también que el tipo de respiración que requiere este instrumento haya favorecido la búsqueda de estados de trance o de catarsis emocionales. Por ejemplo, el ritmo  de los   K’antus de Charazani exige  la retención del aire y una expiración muy lenta para prolongar el sonido, mientras que en otros casos se requiere una  respiración rápida con mucho trabajo abdominal. Ambos tipos de respiración intensificados voluntariamente producen alteraciones fisiológicas que pueden conducir a estados de modificación o ampliación de conciencia.
También resulta interesante observar que  las características del  instrumento y la forma en que se toca, hablan por sí mismas  del modo en que los andinos concebían todas sus  formas de interacción: consigo mismos, con los otros, con el mundo y con lo sagrado.
El sikus  está compuesto  por un juego de dos hileras de tubos de caña, dispuestos en forma escalonada cuyos sonidos se complementan en la melodía. Se conocen  con el nombre de «ira» ( «el que inicia», de 6 tubos) y «arca» ( «el que da continuidad», de 7 tubos), también llamados «amarro femenino» y «amarro masculino» respectivamente.
En el folklore  actual  es  común ver que muchos músicos  tocan las dos hileras a la vez en forma solística, pero no se trata aquí del instrumento tradicional. En él cada  amarro  posee a su vez una hilera de tubos abiertos que no se sopla,  sino que  cumple la función de resonador. Esto hace imposible que un solo músico pueda tocar las dos partes a la vez y que forzosamente tenga  que  «parear» con el complemento, formando así díadas de un 6 y un 7 que, al interactuar, producen la melodía.
Esta forma particular de «pregunta-respuesta»o «sikus abierto» nos habla de un verdadero «encuentro» de polaridades antitéticas, un auténtico  «tinku», nombre que recibía  también  la danza con la que se presentaban entre sí las  comunidades antes   de realizar cualquier actividad conjunta.  En ella los hombres medían sus fuerzas unos frente a otros,  dramatizando el «supuesto»  conflicto con verdaderos pechazos y golpes al aire, usando cascos de cuero para protegerse de posibles aciertos. Las mujeres  los alentaban con gritos al compás de la música  rodeando la escena,  que se desarrollaba en un espacio  sagrado concebido como «huaca» o lugar donde el  tinku se hacía presente.
En síntesis,  las bandas de sicuris reafirmaban simbólicamente dos principios vitales del mundo andino: la reciprocidad y la complementariedad como manifestaciones del orden cósmico y modelos a seguir en el comportamiento social.
Las partes del instrumento nos hablan del carácter complementario de la interacción entre polaridades. El «parear» con el otro dice del conflicto esencial o antagonismo del que deviene la fuerza creadora de la vida,  y por último la melodía representa  la búsqueda de equilibrio o compensación, que más tarde o más temprano, siempre sucede.
Cada vez que una banda de sicuris despliega en el aire sus profundos sonidos, América Indígena vuelve a vibrar y pide ser escuchada.
Actualmente las bandas de sicuris están muy generalizadas en Argentina, sobre todo en Jujuy y Salta. Como producto del sincretismo con la religión católica, son infaltables en las procesiones en honor a la Virgen, los santos patronos y  todas las celebraciones del calendario litúrgico.
También  podemos verlas  en Buenos Aires, por ejemplo en el Mathapi  que desde algunos años se viene realizando con mucho esfuerzo por iniciativa de un grupo de músicos independientes. Se celebra en el mes de Agosto, en el Parque Los Andes y convoca bandas de sikus de todo el país y del exterior.
En las nuevas bandas mestizas la música fluye entre  distancias culturales,  heridas del pasado histórico y del presente,  identidades y  diferencias de todo tipo, pero fluye…. Y mientras esto sucede, el  sonido del  aire vibrando en las cañas manifiesta su  espíritu y su  poder de  nuclear, unir, alegrar y curar.
Por mi parte,  siempre que participé en una banda de sicuris  sentí que  la música «negociaba» simbólicamente y  mejor que las palabras,  el reconocimiento de un sentimiento de igualdad esencial… y abría conciencias.  Sigo creyendo  que las utopías no han llegado a su fin y que se materializan en todo proyecto colectivo como producto de un auténtico encuentro, en el poder del sonido para  el despliegue creativo de las personas,  en la posibilidad de soñar una sociedad más justa y más integrada y sobre todo en  la lucha por la individuación que nos permita superar la alienación de nosotros mismos.
Es como dice Eduardo Galeano:
« Camino diez pasos
y ella se aleja diez pasos.
Camino cien pasos
y ella se aleja cien pasos.
Es inalcanzable…
como el horizonte…
Entonces ¿para qué sirve la utopía?
Para eso sirve…
Para seguir caminando»

(1)    Inca Garcilazo de la Vega «Comentarios Reales» Ed. Plus Ultra  Bs. As. 1980 pág.32
Vega, Carlos « Instrumentos musicales aborígenes y criollos de la Argentina»- Ensayo sobre las clasificaciones universales- Un panorama gráfico sobre los instrumentos americanos-  Ed. Centurión Bs. As. 1984

Silvia Domenech es Profesora de Filosofía  en  escuelas polimodales de la Provincia de Buenos Aires. Capacitadora docente en Educación Intercultural   (C.I.E. Tres de Febrero)-
Alfabetizadora  musical e intérprete de instrumentos aborígenes y criollos.  Integró los conjuntos instrumentales Yuyaimanta, Kay Pachamanta y Wamani.
Coordinadora de talleres  teórico/vivenciales de integración y vincularidad, basados en la  literatura oral y la música de los pueblos originarios de América.

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Música electrónica alemana

enero 27, 2008 3 comentarios

por Lic. Waldo García

Comenzando los años 70, florece en Alemania un movimiento musical innovador, que estará marcado por varias características de las que podemos destacar: la utilización de la improvisación, de la experimentación y de las posibilidades que ofrecía la electrónica.
Una de las bandas pioneras fue Agitación Free, en 1967 comienza a realizar shows que consistían en largas improvisaciones mientras se realizaban proyecciones sobre una pantalla. Su primer disco recién aparece en 1972 y se llamará “Malesch”. Al separarse el grupo, sus integrantes formarán parte de importantes bandas como Tangerine Dream y Ash Ra. Leer más…

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Dino Saluzzi: crecer desde el pie

      • Allá por los años 70, nace de la mano de Manfred Eicher el sello ECM, con un sonido distintivo, que marca una inconfundible fusión de atmósfera, ambiente, textura, claridad y otras sutilezas, que expresan un cuidado obsesivo del detalle.
        El jazz, lo étnico y lo clásico se mezclan en un estilo libre de toda consideración comercial. Existe también una intensa parte visual en las producciones ECM, sus portadas evocan a la imaginación y es tan subyacente como la propia música.
        Pero este sello no sería nada si su catálogo no estuviesen poblado de virtuosos de la talla de Egberto Gismonti, Abercrombie, R.Towner, Pat Metheny, Terje Rypdal, Keith Jarrett. Gary Burton, C. Corea, Jan Garbarek, J. Christensen, C. Haden y la interminable lista de grandes músicos, entre los que se encuentra Dino Saluzzi.
        Tal vez no tiene en nuestro país el reconocimiento que obtuvo en el resto del mundo luego de haber tocado con grandes figuras internacionales. Es en este sentido que desde Abraxas y Bonus Track,  brindamos nuestro  reconocimiento a su extraordinaria labor creativa en el campo musical.
                                                                                                            


        Dino Saluzzi…Crecer desde el pie.
         Timoteo Saluzzi, nació en 1953 en Campo Santo, un pequeño pueblo del norte argentino. Su padre tocaba la guitarra, la mandolina y el bandoneón; y fue quien lo introdujo en este instrumento a los 7 años .
        El joven saluzzi comenzó tocando música popular, luego amplio sus conocimientos a través de un tío que había estado en Europa y lo ayudo a ampliar sus conocimientos musicales.
        A los 14 años formó su primera banda, el trío Carnaval.
        Su vida profesional comienza mientras estudiaba en Buenos Aires, al formar parte de la orquesta de Radio El Mundo.
        En 1956 abandona la orquesta para retornar a Salta y dedicarse a componer, incorporando elementos de la música popular.
        En los 70 se asocia con el gato Barbieri, produciendo discos como “Chapter One” y “Latin América”.
        También realiza varias giras por Sudamérica con Mariano Mores, a la vez que forma el primer cuarteto Dino Saluzzi cuya presentación en Europa mereció grandes titulares  y fue miembro fundador del conjunto experimental de cámara  Música Creativa.
        La discografía de Saluzzi en ECM se inicia con el álbum Kultrum, creado espontáneamente en el estudio y que representa una muestra magnífica del bandoneonista para contar historias.
        Su segundo álbum se llama Andina donde nuevamente Dino se encarga de llevar adelante su propuesta musical en solitario.
        A continuación se reúne con músicos de jazz europeos y americanos, esto da a luz a Once upon a time…Far away in the south con Charlie Haden, Palle Mikkelborg y Pierre Favre.
        En su próximo disco Volver, se reúne con Enrico Rava. Luego Saluzzi tocó con la Liberation Music Orchestra de Haden y realiza distintas giras con el Quinteto Rava/Saluzzi.
        En 1991 pudo cumplir su sueño, grabar un disco para ECM en la Argentina, con sus hermanos Félix, Celoso y su hijo José. Mojotoro es una muestra del amplio repertorio musical sudamericano, tango, folk, candombe y milonga.
        En su último disco se reúnen Dino y José M. Saluzzi con el bajista americano Marc Johnson, que posee una aguda percepción de la invención melódica y una destreza necesaria para tocar las melodías de Saluzzi en forma muy convincente. El álbum se titula Cité de la Musique.
        En los futuros proyectos se prepara un álbum en ECM con composiciones de Dino que tocará con el conjunto de cámara Rosamunde Quartet de Munich.
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Tolkien y el rock sinfónico

Hay innumerables escritores que han servido de inspiración para músicos del Rock Sinfónico y Progresivo, lugar que también le corresponde a Tolkien.
Tal es el caso del grupo Camel, que en su disco Mirage(1974), encontramos una pequeña joyita compuesta en tres partes denominadas “Ninrodel”, “The Procession” y “The White Rider”, basadas en “El señor de los anillos”; esta hermosa composición se destaca por su melodía, en especial en los momentos interpretada por la flauta de Latimer y en los duelos entre guitarra y teclados, que nos introducen al mundo mágico de Tolkien. Leer más…

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Tom Waits: Crónicas del infierno

“Puedes pagarme un trago
y te diré que he visto”

El 7 de diciembre de 1949, en un taxi que circulaba por California, nace Tom Waits. Luego se traslada a Los Ángeles, en donde de joven comienza a trabajar de mozo en pequeños pub nocturnos; trabajo que le permite conocer el submundo de la noche entre música y alcohol. Comenzará a tocar el piano y cantar en bares y hoteles, esos lugares en donde a nadie le interesa la música que se está tocando, pero entre los oyentes se encontraba Herb Cohen, quien se convierte en su mánager y le consigue su primer contrato discográfico.
Su música es una mezcla de jazz y blues, en donde el principal instrumento es su voz. La voz suena como una extraña vibración oscura, cuerdas vocales que dan la sensación de estar gastadas por el cigarrillo y el alcohol y se quejaran de ello. Es una voz ronca que expresa desesperación, lamentaciones y furia y Tom Waits se vale de ella para contar crónicas callejeras, leyendas contemporáneas de personajes marginales. Para todos estos personajes del infierno tiene una canción, son tragedias cotidianas de la vida marginal.
En 1973 graba su primer disco “Closing Time”, es un buen disco que anticipa el Tom Waits que conoceremos años más tarde. Al año siguiente graba con una orquesta de jazz “The Heart of Satuday Nigh”, logrando un trabajo de mayor solidez y las letras empiezan a ser relatos de tragedias urbanas.
En 1975 graba “Nigh thawks at the dinner” y en 1976 “Small Change”, en este trabajo queda definida la voz de Waits y está dedicado a temas como la soledad y el vagabundeo.
Su siguiente trabajo “Foreign Affairs”, sigue con la línea jazzera, con sonidos fríos y relatos apocalípticos, en uno de los temas aparece acompañado por Bette Midler.
En 1978 logra un excelente trabajo “Blue Valentine”, es grabado solo en dos canales y le lleva solamente seis días; aparecen algunas canciones de amor y de engaños y la voz toma una tonalidad más furiosa que en los anteriores discos.
Los problemas económicos lo levan a aceptar un papel en la película  “Paradise Alley” de Sylvester Stallone. Luego graba “Heartattack and Vine”, abandonando el grupo de jazz para acercarse al rhythm and blues, manteniendo las crónicas nocturnas en las letras.
En esa época compone “Rainbow Sleeves” para la película  “El rey de la comedia” de Scorsese; también rompe contrato con la compañía Asylum, terminando la relación con su mánager Herb Cohen.
En 1982 Coppola lo convoca para que componga la banda de sonido de “One From the  heart”. Para ella compone doce temas y es acompañado por Cristal Gayle, convirtiéndose en el disco más delicado de Tom Waits, logrando ser denominada para el Oscar.
Al año siguiente graba el extraño “Swordfishtrombone”, produciéndose un nuevo cambio en su carrera; conserva la base del jazz y el blues pero experimentando nuevos sonidos, agregando instrumentos como el acordeón y las marimbas y su voz aparece aún más endurecida y oscura. El resultado es un muy buen disco.
Su relación con el cine no se detendrá, Coppola lo vuelve a convocar pero esta vez para realizar un pequeño papel en “Outsiders”.
En 1985 graba “Rain Dogs” y  nuevamente es reclamado para trabajar en cine, esta vez es reclutado por su viejo amigo Jim Jarmush, siendo uno de los protagonistas de la formidable “Down by law”.
Luego en 1987 graba “Frank’s wild years” y la banda de sonido de la película “A night on earth” de Jim Jarmush. En 1992, nuevamente es Coppola quien lo convoca para trabajar en la película “Drácula”.
Ese mismo año graba “Bone Machine”, en donde aparece un perfil místico de Tom Waits, ya no canta la desesperación cotidiana del presente, sino que aparece preocupado por el destino  de la humanidad, por los suicidas, por los asesinatos y por el poder.
En 1993 realiza “The Black Rider”, cantará algunas letras de William  Burrough y las historias estarán referidas a sueños.
Es común encontrar en los discos de Tom Waits una serie de instrumentos desconocidos que en realidad son inventos de él y de su esposa; uno de los que más aparecen es el instrumento de viento que llamó “Bioflexor Generetor”.
La conjunción de buena música, una voz muy particular y letras desgarradoras, han convertido a Tom Waits en uno de los artistas más interesantes de la cultura americana.

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