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Editorial Número 27

La humanidad en su conjunto está viviendo tiempos de incertidumbre. No se trata de un país, de una cultura específica, sino de la totalidad de la humanidad. Muchos consideran que la crisis económica es la causa de esta incertidumbre, sin embargo, la crisis económica es uno de los tantos resultados de un conjunto de factores que han cambiado en el hombre. No es lo económico, sino la visión de lo económico, la utilidad que se le da a lo económico. Cuando un “CEO” de un corporación americana gana 17.000 dólares la hora, cuando tanta urgencia hay a la vista, y que la sociedad no lo condene sino que desee ser como ese “CEO”, estamos hablando de un síntoma. Cuando un jugador de fútbol gasta 20.000 dólares en una botella de champagne, cuando un docente argentino tarda tres años en ganar esa suma, es un síntoma, pero al mismo tiempo es una obcenidad. Esos hombres y mujeres que son producto de y modelo para el poder, pero un poder sostenido sobre lo peor del ser humano, y que son en muchos casos producto de la ingenuidad, son al mismo tiempo el ejemplo de triunfo y de éxito. A veces, en este campo, nos preguntamos cuánto es suficiente para que la cosa comience a balancearse, y la respuesta, sin duda, es ambigua: todo, y al mismo tiempo nada: quiero todo, pero aún teniendo ese todo no me colma. Y en cierta forma lo sabemos, porque la carencia de esta gente es otra, es la misma que originalmente tenemos todos, pero es más profunda, mucho más profunda: esta gente tiene carencia de “otro”, en tanto ese otro no sea para servirle. Si fuéramos religiosos diríamos que esa gente tiene carencia de Dios, ya que el Dios al que nombran todo el tiempo no lo tienen dentro, sino que lo compran. Fromm hablaría de la lógica paradojal, y diría que ellos no hacen al bien en sus acciones, sino solo en sus decires, para ellos el bien es hablar del bien, ya que de la acción se encargará dios. En la edad media, la iglesia católica destruyó, entre otras comunidades religiosas, a los Albigenses y cuando se le preguntó al papa como estar seguros de que aquellos a los que se asesinaba eran culpables, el papa contestó: “mátenlos a todos, dios se encargará de separar a los justos de los injustos”. Al Pacino, interpretando a John Milton, ese espectacular demonio de “El abogado del diablo”, dice en su parlamento final “¿Quién puede negar que el siglo XX es totalmente mío?”, y al mismo tiempo pone al hombre posmoderno -caracterizado en un abogado exitista, carente de límites ante lo que su trabajo genera- frente a sí mismo, mostrándole que es él mismo el creador de sus propias circunstancias. Podríamos afirmar que en lo que va del siglo XXI también es de ellos. En definitiva, algunas de estas cuestiones aparecen desarrolladas en las notas de este número, que seguramente no nos muestra un mundo color de rosa, pero es lo que tenemos, es lo que hay, y es hora de empezar a cambiarlo. Hugo Basile Editor- Director Editorial

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