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Editorial Nº 25: Modelo para armar

Protestamos contra el estado, contra la escuela, contra los padres, contra la violencia de los niños, contra las retenciones, contra la inseguridad, contra la miseria. Y en la actitud que ponemos en estas protestas, los adultos trasladamos a los niños un modelo de acción que ellos aprenden rápidamente.
Cuando una mamá insulta a la maestra y justifica que su hijo le pegue; cuando unas señoras insultan a la presidenta pretendiendo que ésta se vaya; cuando dejamos de lado nuestros roles estructurantes, o los mantenemos pero sin respetar sus funciones, estamos enseñando.
Cuando prima la diversión por sobre la reflexión, cuando la imagen concreta puede más que la imaginada, cuando una teta puede más que un libro, estamos enseñando.
Sin embargo nos preguntamos una y otra vez el porqué esta sociedad llegó a dónde llegó, e incapaces de hacer una autocrítica, o de mirar hacia adentro, o hacia el otro, volvemos a poner las culpas afuera, hacia el estado, hacia la escuela, hacia los padres.
Olvidamos que todos somos padres, todos somos escuela, todos somos estado.
Olvidamos que somos adultos, y que como adultos somos los que enseñamos a los más jóvenes, y que los jóvenes nos miran.
Miran lo que estamos haciendo al vecino, miran lo que hacemos a sus madres, a sus maestras. Miran lo que les estamos haciendo a ellos…
Miran lo que le estamos haciendo al mundo. Sin embargo, tontamente anestesiados, estúpidamente controlados por los poderes hegemónicos, seguimos preguntando porqué, y la respuesta la tiene el espejo.
Comparto una imagen del film “Hijo del hombre”, en una Europa (del futuro?) en la que primaba el racismo, y donde ya no nacían niños. Controlado por el totalitarismo, el estado se encontraba en guerra con los rebeldes. Durante 19 años ningún niño había nacido, y el más joven había muerto en Argentina con 19 años y meses.
En medio de un enfrentamiento atroz, se escucha llorar a un niño, y todos quedan paralizados. La madre avanza entre las caras extasiadas por el llanto del bebé, los soldados y los rebeldes se detienen, todos observan y lloran ante el milagro, ante la nueva oportunidad.
El hombre posee todavía la capacidad de reconocer lo sagrado cuando lo tiene enfrente, de reconocer la vida y reverenciarla.
Pero solo bastó un disparo para salir del trance y volver a la batalla, incapaces de ver lo que segundos antes se abría ante sus ojos.
Esto sucede hoy aquí, donde nuestros niños mueren de hambre, se prostituyen y trabajan para satisfacer las supuestas necesidades de los adultos, y donde en respuesta, “la guerra al cerdo”, propuesta por Adolfo Bioy Casares dejó de ser una ficción para verla todos los días en los diarios.
Estamos enseñando a nuestros niños a ser lo que nosotros somos, y cuando digo nuestros niños no me refiero solo a los míos, sino también a los tuyos, a los de él y a los de aquel.  A TODOS NUESTROS NIÑOS.
Son los hijos de nuestra sociedad, son los hijos de los argentinos, que aprenden de los argentinos. En algún momento, hace tiempo, algo falló, y habrá que hacer memoria para reconstruir el rompecabeza donde las piezas fundamentales parecen estar perdidas.

Hugo Basile
Director Editorial

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