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Quién es yo?

poor Lic. Waldo García

 

Muchos pensadores, investigadores de las ciencias del hombre, han intentado a lo largo de la historia, responder esta pregunta. Así, el yo quedaba situado como una entidad a priori, íntegra, fuerte, libre de conflicto, destacándose por ejercer funciones adaptativas: percepción, memoria, lenguaje, examen de realidad, etc.

Es Freud el pionero en la introducción de un nuevo yo, por advenir y constituirse. Ya no se trata de una masa de representaciones conscientes, sino que también es, en función de la libido. Este es el punto ha despejar en el presente trabajo: un yo que se ofrece como objeto de satisfacción . Este vínculo yo – libido queda como impronta que caracterizará a las futuras investiduras de objeto.

Un organismo viviente se ofrece a un otro dejándose tomar como objeto, requiere ser nombrado, hacerse significante en el discurso de alguien. se trata de dejar de ser pura pulsión  de muerte en tanto que libidinizado, dará lugar a la constitución del autoerotismo.

Queda involucrado así, en este complejo con el otro, con un semejante.

Será necesario que se agregue al autoerotismo un nuevo acto psíquico, para que advenga el yo. Al decir de Freud, es la identificación lo que posibilita dicho advenimiento.

A quién se identifica ? Sabemos que no todo es posible ser tomado del otro, que siempre queda una parte constante, invariable, inaccesible, la cosa que no puede ser nombrada, el “das ding”. No todo puede esperarse del otro, por eso la identificación no es idéntica: es simplemente semejanza.

Semejanza que se produce a partir de lo variable, se apropia de lo que sí puede ser nombrado, pues el yo, nunca cede toda su carga a los objetos.

Así como el semejante, que se ofrece a la identificación, el yo que queda constituido, tampoco cederá completamente su carga a los nuevos objetos que invista libidinalmente en el futuro. Una parte quedará en el yo como lo más íntimo, lo más propio, lo constante, lo imposible de ser aprehendido, su núcleo, el cuerpo de una nueva ameba.

A partir de lo dicho, podemos pensar que el yo se ofrece como sustitución del objeto sexual perdido para quedar investido libidinalmente y poder así intentar amar.

Según Laplanche “La unidad viene precipitada por una cierta imagen que el sujeto adquiere de sí mismo, basándose en el modelo de otro y que es precisamente el yo. El narcisismo sería la captación amorosa del sujeto por esa imagen”.

Lacan ha relacionado este primer momento de la formación del yo con la experiencia narcisista fundamental que designa con el nombre de “Estadio del espejo”. Desde este punto de vista, según el cual el yo se conforma y define por una identificación con la imagen del otro, el narcisismo no es un estado en el que faltaría toda relación intersubjetiva, sino la internalización de esa relación.

En este sentido, Lacan plantea al estadio del espejo como “aventura imaginaria por la cual el hombre por vez primera experimenta que él se ve, se refleja y se concibe como destino, otro de lo que él es: dimensión esencial de lo humano que estructura el conjunto

de su vida fantasmática”.

Pararse frente al espejo no implica ver todo lo que hay frente a él. Situarse frente a un otro tampoco implica que este otro, una madre, un alguien, un semejante, nos pueda decir algo acerca de nosotros mismos.

A veces se rompe el espejo, a veces el sujeto se quiebra, a veces el otro llega con demasiada anticipación. Siempre la angustia, porque el otro, el espejo, la imagen, la madre, siempre perturban. En todo caso, todos estos vínculos acarrean la relación del sujeto con su cuerpo propio en términos de identificación con una imago, es decir en términos de la relación psíquica.

Todo lo que el otro es capaz de darnos es una anatomía imaginaria que, de nuevo, siempre llega demasiado pronto y nunca el sujeto sabe lo suficiente, pero apela y llama constantemente al otro.

Aún así, aunque cada sujeto intente decir a lo largo de su existencia “yo soy”, nunca quedará conforme. Siempre apelará a un otro, a una alteridad extranjera para el yo, a quién dirigirá su duda y disconformidad, a pesar de haber dicho “Yo soy”. Es así como el estadío del espejo se revive constantemente en las neurosis. El neurótico enfrenta, no sin temor, repetida y cotidianamente al espejo, al otro, al semejante para pedirle que le devuelva su imagen, que se la restituya. Dicho de otro modo, solo podrá insinuar al sujeto algunas cosas:

“Sos un gran tipo”

“Me quiero casar con vos”

“Estás ridículo”, etc.

Todas estas son respuestas, imágenes que recibe el sujeto frente al espejo, frente a una alteridad. Pero esto solo nos acerca a que cada uno de nosotros necesitamos seguir preguntando Quién es yo ?.

Y si la poesía tiene algo que decir, nos valemos de un poeta mayor que nos dejó lo siguiente: El espejo “ Yo de niño, temía que el espejo me mostrara otra cara, o una ciega máscara impersonal que ocultaría algo sin duda atroz. Temí asimismo que el silencioso tiempo del espejo se desviara del curso cotidiano de las horas del hombre y hospedara en su vago confín imaginario seres y formas y colores nuevos. (A nadie se lo dije: el niño es tímido). Yo temo ahora que el espejo encierre el verdadero rostro de mi alma, lastimada de sombras y de culpas, el que Dios ve y acaso ven los hombres”. Jorge Luis Borges                          

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