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Psicología Social y arte: articulación para la asistencia psicosocial

    • Por Carlos Sica

       

      Vicente Zito Lema: Cree que un psiquiatra tal como egresaba y egresa aún hoy de la Facultad de Medicina, está en condiciones reales, no formales o jurídicas, de que se lo habilite para enfrentar la enfermedad mental?

      Enrique Pichon Riviére: No, este es el problema. No tiene ni un mínimo de experiencia… Recuerdo que Aldo Pellegrini, en su prólogo al libro de Artaud, Van Gogh “El suicidado por la sociedad”, señala muy claramente que un psiquiatra debería ser el Arquiatra, un médico del más alto nivel de compresión humana y que desgraciadamente, sucede todo lo contrario.
      ( Del libro de V. Zito Lema, conversaciones con Enrique Pichon Riviére.
      (Arquiatra subrayado mío)


      La propuesta de este trabajo es la de reflexionar sobre la necesidad de articular la psicología social y el arte -además de otras disciplinas- para una creativa y operativa asistencia psicosocial.
      Parto de una base, la de definir el concepto de asistencia como, existir al lado de, con todo lo que esto conlleva que a la vez podemos encuadrar en, una actitud psicológica particular.
      Desde hace muchos años consideré necesario trocar el concepto pichoniano de Distancia Optima por el de Cercanía Optima, que podría querer decir lo mismo, pero es distinto, ya que esta última formulación encierra una actitud de mayor cercanía y calidez humana. Cercanía que no implica empastamiento o abandono del rol.
      Debemos reflexionar sobre una posible desviación ocurrida paulatinamente a través de los años, en la que esa importante definición de Pichon, aludiendo a una adecuada distancia entre el agente corrector y el sujeto de la corrección, fue desvirtuada por muchos, con un desplazamiento hacia una actitud defensiva, en la que “distancia” fue convirtiéndose en una barrera y un reaseguro para “no salirse del rol” o para evitar que “me saquen del rol” como si éste, implicara un lugar físico del que uno podría ser desplazado.
      A mi entender, en la formación del psicólogo social se han implementado una serie de ejercicios relacionados con “las escenas temidas del coordinador de grupos” y con “la silla del coordinador” que han contribuido a alimentar la fantasía de este posible “desalojo de la silla”. En este sentido el a veces necesario cuaderno de notas, puede asimismo convertirse en un objeto contrafóbico, al servicio de asegurar el rol diferenciado.
      Aunque resulte obvio, es necesario señalar que el rol está internalizado, y se pone en función cuando nos es adjudicado. Asumismo ejercerlo de acuerdo al existente, aunque no haya silla ni cuaderno a la vista, ni tampoco lugar físico que nos diferencie. Aquí resulta pertinente recordar que las mejores técnicas, son aquellas que no se notan.
      Existir al lado de, implica el dejarse impregnar, atravesar, por las emociones concomitantes a los hechos de cada aquí y ahora. La disociación instrumental, entre otras técnicas, nos permitirá operar, precisamente apoyados en la percepción de esos sentimientos.
      Pichon Riviére, orientaba sus actos, sus emociones y sus pensamientos, hacia la comprensión humana. Sin establecer jerarquías veamos que, además de las ciencias, el arte a contribuido desde el comienzo de los tiempos, a la expresión y comprensión de lo humano.
      En este artículo por razones de espacio, me limitaré solo a desarrollar un tema entre los que venimos investigando en el marco de nuestro quehacer como psicólogos sociales en emergencias, brindando a través del EPS  Emergencias Psicosociales, auxilio en crisis en situaciones de angustia pública.
      La materia prima del trabajo en las emergencias, son las emociones, expresadas en forma caótica durante el shock emocional, ante el hecho traumático, como factor desencadenante.
      Los aportes del arte para la tarea psicosocial cobran aquí un valor fundamental. La comunicación analógica, la expresión a través del cuerpo, el equilibrio de las distancias, y aún el uso de la comunicación digital, mediatizada por la metáfora generadora de imágenes, abrevan y se nutren del arte.
      Al referirnos a las emociones jugando un papel preponderante ante toda situación límite, ponemos el acento en la necesidad de adquirir adecuadas técnicas, para operar con ellas.
      De donde llegan los aportes a estas técnicas?
      De que escuelas o actividades?
      Técnicas de contacto – movimiento – respiración – juegos – juegos dramáticos gestalticos – expresión corporal – ensueño dirigido – ensueño libre – escuelas energéticas ( Wilhen Reich, creador de la vegetoterapia y de la bioenergética) – escuela gestaltica – escuela psicodramática – análisis existencial – antropología médica, entre otras.
      Pero he aquí otros aportes fundamentales, literatura – danza – música – pintura – poesía, etc.
      El teatro primero, junto al cine después, han contribuido y contribuyen a lograr lo que podemos llamar verdaderas catarsis psicosociales.
      La catarsis, como proceso de liberación de afectos, de emociones retenidas, de abreacción y descompresión, resulta fundamental en nuestro trabajo durante las emergencias.
      Como lograr ese proceso catártico?, que permite desahogar, liberar emociones, para así poder poner luego en palabras (en orden) lo sucedido, para permitir el pasaje del caos emocional hacia la elaboración de un proyecto inmediato de futuro, en la búsqueda de la recuperación del equilibrio emocional perdido, a raíz del hecho traumático.
      El impacto, la angustia emocional y la descarga son dos procesos distintos y en realidad opuestos. Las señales de angustia emocional son sintomáticas de creciente tensión muscular y visceral, así como las señales de descarga emocional son indicativas de relajación de la tensión.
      Nuestro léxico cotidiano no posee términos apropiados para diferenciar la angustia de la pena, del miedo, de la vergüenza y de la ira, del proceso contrario es decir, de su descarga.
      Necesitaríamos nuevos términos para referirnos, por ejemplo: penar, temer, avergonzarse, enfurecerse, para el aspecto angustioso de las emociones y de-penar, de-temer, de-avergonzarse, de-enfurecerse, para el sentido de descarga.
      Podemos sostener que las descargas emocionales están “penalizadas” socialmente, por otro lado desde antaño existe el “mandato” cultural, trasmitido de generación en generación, de que “El hombre macho no debe llorar” como lo asegura la letra de un conocido tango. Por otra parte las niñas no deben soltar su ira o  bronca, porque si lo hacen no faltará algún    familiar que le diga, “…no, eso no se hace, eso no es de una niña como vos”. La interferencia por los padres (“Si no dejas de llorar, yo te voy a dar verdaderos motivos para que llores”) del maestro (“Portate como los hombres”) y de los compañeros (“Llorá, mariquita, llorá”) es más o menos continua y sistemática.
      Aprendemos tempranamente a interferir el desahogo de las emociones, por temor al “castigo” hay que aprender estrategias para interferir con la propia descarga, se aprende a no expresar la tensión emocional. El niño que se lastima jugando con sus compañeros, retendrá el llanto hasta llegar  a la seguridad de su cuarto, sin embargo sucede que las técnicas de controlar las descargas están sobreaprendidas, el niño olvida como llorar, la niña como expresar su ira, salvo en casos límite.
      Otra consecuencia de la emoción reprimida es la pérdida de claridad del pensamiento y la percepción, Pichon decía que al que tiene miedo hay que sostenérselo por un rato, para que pueda pensar.
      Ahora bien, el arte nos realiza aportes que contribuyen al logro del desahogo de las emociones.
      La catarsis, solo puede lograrse cuando está asegurada la contención. El paciente podrá atreverse a conectarse con los afectos concomitantes a un recuerdo, porque el consultorio y el terapeuta, le brindan un marco de seguridad.
      Podemos emocionarnos e identificarnos con personajes de una obra de teatro o cine, porque tenemos la “seguridad” que nos da la sala, de que lo que sucede, no está sucediendo en la realidad.
      Caracterizamos instancias que pueden darse en la realidad ante un hecho, el Infradistanciamiento -estar muy metido-, el hiperdistanciamiento -estar muy distante- o ahora sí, la distancia óptima -como instancia de equilibrio-.
      En las verdaderas obras de arte, y de esto pueden dar fe los grandes clásicos del teatro, se logra la distancia óptima, y ésta es la que permite el logro de la catarsis.
      Las obras infradistanciadas, aquellas que buscan el efecto de mantener atrapado al espectador, apelan a lo que se conoce como “golpes bajos”, es decir mantienen una trama emocional intensa y sin tregua. Por otro lado encontramos las hiperdistanciadas, aquellas donde prima lo racional, el tratamiento intelectual, donde las emociones quedan afuera.
      Tanto en la situación de infradistanciamiento -carga intensa de tensión-, como en la de hiperdistanciamiento -alejamiento de las emociones-, resulta imposible lograr el acto catártico, este sí se logra en la distancia óptima.
      En las grandes obras, cuando los protagonistas nos arrastran a una fuerte tensión emocional, se produce intervalos sabiamente administrados, la posibilidad de tomar distancia, este equilibrio, esta distancia óptima, es la que favorece el desahogo de las emociones, a través del llanto, risa, etc.
      Para ir cerrando esta pequeña incursión, por temas que requieren un desarrollo mucho más complejo y extenso, diremos que nuestra reformulación respecto al tema de la distancia óptima, es la siguiente: la distancia óptima es la que tratamos de propiciar entre el asistido y el hecho traumático, ya que permanece infradistanciado; masivamente involucrado, shockeado por el acontecer, solo seguirá cargándose de tensión emocional.
      Luego de un verdadero encuentro, con adecuada contención, el asistente le preguntará, como se enteró del hecho, o donde estaba cuando el hecho sucedió. A través de una simple pregunta, el asistido para responderla necesitará “correrse” del infradistanciamiento, es decir, para contar deberá ubicarse como observador de sí mismo, logrando así acercarse a la instancia de distancia óptima, donde ahora si, desde ese lugar, mientras cuenta puede llorar, descomprimiendo la tensión emocional.
      Diré como síntesis: entre asistente y asistido, búsqueda de la cercanía óptima, entre el asistido y el hecho traumático desencadenante, búsqueda de la distancia óptima, para el logro del desahogo de las emociones retenidas.

      Psicólogo Social Carlos Sica
      Coordinador General del EPS  Emergencias Psicosociales
      Director del Centro de Altos Estudios en Psicología Social


       

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