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Dormir y despertar:una experiencia en el quirófano

por Lic.Karina Seguí Psicologa U.B.A.
Miembro del Servicio de Psicopatología del Policlínico Docente O.S.P.L.A.D
Docente U.B.A. Facultad de Medicina.
Para más información ver Direccionario


      Los profesionales que trabajamos en un hospital o en una Institución Médica como es el Policlínico del Docente, estamos en contacto directo con el mundo de la enfermedad, los conflictos y la muerte. Nos sentimos obligados a comprender caso por caso, cada situación en que el paciente sufre, y al mismo tiempo disociar, es decir, no identificarnos con la misma.

        Bleger, en sus análisis psicoanalíticos de las instituciones nos mencionaba este mecanismo de disociación instrumental a los fines de poder funcionar en forma más operativa.
        En éste número, les voy a relatar los avatares sucedidos en la sala de clínica médica a raíz de la interpretación de N. Paciente de 68 años, que dice: “… me jubilé en el trabajo y me jubilé en la vida”, muy deprimida, después de varias entrevistas logra concluir en ésta frase, como esbozos de un posible despertar. Al dejar la escuela se quedó dormida en la vida. Reiteraba continuamente, “me dejé estar”, “me dejé estar”. Al no tener obligaciones se desorganizó, se abandonó y empezó a sentirse desmotivada, desinteresada, como si estuviera, al decir de la paciente, “perdida en el mundo.
        La internación fue decidida por su médico cirujano, quien contuvo y manejó a la paciente a los fines de culminar en una intervención quirúrgica “reemplazo de cadera total”. Para llegar a esta instancia, debería dejar atrás 46 kilogramos que tramitan y confirman su abandono y desinterés, su vacío interior, su muerte en vida. El médico ocupó un lugar sumamente relevante para esta paciente, la vehiculización de los sentimientos más positivos, el saber, la experiencia, la confianza.
        La posibilidad de entrevistarla, fue promovida por dicho médico, favoreciendo el espacio. Sus sugerencias eran absolutamente incuestionables para N.
        Surgieron cuestiones esperables, como miedo a la muerte, a la anestesia, empezó a expresar algunos deseos que, según ella, no se quería perder, asociados a expectativas puestas en su familia y sobre todo en su hija que la acompañó sin descanso.
        La familia de N. Estaba constituída por su esposo, de 70 años y la hija, de 32 años, que dejó de trabajar y estudiar para ocuparse de su mamá.
        Las razones de sus miedos se vieron reforzadas porque N., durante 40 años de su vida, se desempeñó como enfermera de quirófano en distintas instituciones, trayendo al espacio de entrevista relatos de episodios de muerte de pacientes atribuídos a errores de anestesistas y cirujanos, y detalles que armaban novelas con un matiz trágico. Era muy difícil desarmar estas novelas, que muchas veces parecían inconsistentes, como se dice vulgarmente, sin sentido común.
        Hubo días en los que se negaba a hablar de la cirugía. La hija era quien preguntaba por ella a todos los profesionales que oportunamente la atendíamos, y solicitaba ayuda para saber de qué manera podía colaborar mejor. En alguna entrevista destaqué a N. Todo el esfuerzo que la hija estaba haciendo por ella, cuestión que le permitió asociar los cuidados de ella para con su padre, que enfermó de cáncer cuando ella era muy joven, y se tuvo que ocupar especialmente, a pesar de tener hermanos, presentificandose la ambivalencia afectiva de ésta manera: “…lo cuidé hasta el día de su muerte y me sentí bien, en paz con mi conciencia…” y en otro momento  “…fue una carga, me tenía que ocupar de todo…” generándole evidentes sentimientos de hostilidad, por haberla privado de otros espacios propios. Nos encontramos frente a una repetición de su propia historia, una relación indiscriminada entre su hija y ella. Así, como indiscrimina y se actualizan situaciones semejantes a las que ella hacía cuando cuidaba a su padre, indiscrimina la situación actual con aquellas situaciones vividas durante su experiencia como enfermera. Se evidenciaba la situación de sus dificultades “estoy tranquila” y cierto saber omnipotente del contexto actual “…se muy bien de esos ambientes…”, todos los contenidos de sus novelas trágicas y de sus saberes terminaban con la muerte “…vi morir a tanta gente…”, lo que generaba ciertas emociones en el equipo que la misma transfería y había que controlar. El deseo de muerte transmudado en miedo era lo que perturbaba y hacía eco contratransferencialmente.
        Recordé, durante este trabajo con la paciente, aquello que Leclaire plantea: “… aquel que no hace y rehace el duelo del niño omnipotente que hemos sido en los sueños de los que nos han hecho o visto nacer permanecerá en los limbos”.
        Recordé lo que dijo Freud en cuanto a “la pulsión de vida, es ella más intensa, que la pulsión de muerte, aunque al final ésta última acaba por ser más poderosa”. La pulsión de muerte, como toda pulsión, tiende a la descarga, su objeto es el cuerpo y su fin la destrucción. Es la representante de lo inorgánico, silenciosa y muda intenta desanudar a la pulsión de vida. N. Durante este tiempo baja los 46 kilos que habían destruido sus formas, que facilitó la podredumbre de los huesos de su cadera.
        Pero como la psiquis es una creación de la pulsión de vida, la pulsión de muerte no tiene su lugar. No hay una representación que permita la inscripción de muerte en el inconciente.Estos textos me posibilitaron formular hipótesis, encontrar respuestas, a los fines de pensar que puntos en esta situación debía promover despertar de la muerte en vida, del limbo, de su sueño. Su estado melancólico, puro cultivo de la pulsión de muerte, alternado con la puesta en marcha de defensas maníacas, y algunos datos de su historia, me dio un marco que en la urgencia, solo enfaticé la operación como única alternativa posible de hacer algo distinto ( la paciente no caminaba desde hacía 6 meses) ayudándola a pensar, sin abrumarla con intervenciones que no podría tolerar, y alentando su omnipotencia para enfrentar la situación. Escuchar psicoanalíticamente, me permitió, al decir de Tausk “guardar en mis memorias de analista aquello que hoy N. No “puede escuchar”. El cirujanos, con su actitud muy firme y la transmisión de pautas con seguimiento y control continuos, permitió organizarle su vida, estableciendo límites claros, los que había perdido desde su jubilación. En varias ocasiones me comunicaba: la necesito tranquila. Aporté como sugerencia, incluir optimismo frente a la obediencia de pautas a los fines de generarle mayor seguridad.
        En cuanto a la institución, funcionó como un espacio de contención, con un clima afectuoso y protector.
        Todos nos comportamos haciéndole creer que manejaba la situación jugando los roles que ella promovía, sin asumirlos en la totalidad.
        En este momento, para N., que un terapeuta la ayude significaba la presencia constante todos los días, como garantía de su tranquilidad, de estar acompañada, de no estar sola, logro diría, de sus aspiraciones neuróticas, de su dependencia y de su querer manejar al otro, así como el padre y su familia primaria la manejó a ella.
        Si me corría de este lugar, solo sucedía parcialmente, ya que se podía abrir preguntas que no había tiempo de contestar, conflictos que no había tiempo de resolver, la fecha de la operación se aproximaba.
        La oferta de mi espacio en estos términos generó un pedido por parte de N. “…quiero estar tranquila hasta que me duerma, acompáñeme hasta el quirófano y quédese conmigo hasta que me haga efecto la anestesia”.
        Sin obstáculos por parte del equipo de cirugía, llegó el esperado día, estábamos todos allí reunidos en el quirófano, alrededor de la paciente. Minutos antes el cirujano le había dicho: “cumplió con todo, me hizo caso en todo, por lo tanto no le puede pasar nada”. N. Se sentía bien, lo observaba, su mirada impresionaba ternura, admiración, expectativa. Dicha afirmación de parte del cirujano, lugar privilegiado de ancestral sabiduría dentro de la institución, vuelve a estimular su omnipotencia, apunta directamente a la convicción del inconciente respecto a la inmortalidad.
        El anestesista le informó sobre los riesgos, cuestión que en parte turbó a N. , tal como dice Lacan a propósito de la turbación “… en muchas ocasiones baja el nivel de potencia…”
        Pero me tomó la mano muy fuerte, y me comunicó que en cuatro horas nos volveríamos a ver. ( Es el tiempo que aproximadamente le habían informado que duraba la operación). El accionar del anestesista provocó en N. Que vuelva a estar dormida, no de la misma manera que cuando empieza las entrevistas. Aunque está, muerta en vida, es otro sueño, distinto, controlable para que al final de la operación vuelva a despertar. Este acto del anestesista es una sublimación, en donde se libera la pulsión de muerte, con la diferencia de que las mismas están al servicio de la vida, de la conservación de la vida del otro. En cambio N. En esos tres últimos años, posibilitó que se dirijan hacia su interior, destruyendo parte de su cuerpo.
        Freud lo explica claramente en “El malestar en la cultura””. “…la pulsión de muerte atenuada, dominada, casi coartada, en su fin, dirigida a los objetos, debe procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales y el dominio de la naturaleza”. El anestesista lo expresa en éstos términos “en ese momento no puedo fallar”, lo que coincide con lo manifestado por Freud en cuanto al dominio y posteriormente la satisfacción cuando el paciente despierta.
        Laplanche, en cuanto a la pulsión de muerte  ilustra la situación de N. “la pulsión de muerte se dirige primeramente hacia el interior y tiende a la autodestrucción…”.
        Cuando N. Se duerme me retiro del quirófano, quedando como resto, como desecho de un trabajo difícil, 4 horas después nos enteramos del resultado de la operación y a la espera de confirmar algunas hipótesis planteadas con respecto al lugar en que me ubiqué, único posible transferido por N. Con ciertas intervenciones y esperaba generar una nueva demanda, otro tiempo, para despertar del sueño de su novela neurótica.
        Actualmente la paciente se encuentra en su casa, con orden de internación domiciliaria, camina con andador y está recuperándose. Solicitó continuar y se aguarda el alta domiciliaria para empezar otro tiempo de entrevistas.
        Este es un caso que describe como un paciente asigna lugares a los profesionales que lo asisten para que puedan ser destinatarios exclusivos de sus quejas y sufrimientos.
        Los afectos, el amor, la hostilidad, los roles y las reacciones reflejadas y generadas entre pacientes, médico, terapeuta y anestesista, son manifestaciones imaginarias, los efectos de la palabra, que buscando respuesta cree posible las respuestas. Así nos diría Nasio “… la palabra, al anunciarse, crea al Dios que la escucha.“
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