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El estar en América y el encuentro con el otro

 

Una psicología válida para los sudamericanos fundamentada sobre el pensamiento filosófico de Rodolfo Kusch

por Guillermo Steffen

(Ensayo perteneciente al libro Kusch y el pensar desde América – Centro de Estudios Latinoamericanos – Ediciones García Cambeiro )

¿Desde cuál puntualidad real estoy escribiendo estas páginas? El aquí y el ahora se interceptan en un punto: en la ciudad de Buenos Aires, en los primeros días de julio de 1989. Y queda así señalada una configuración político-comunitaria-personal en extremo aguda. Porque nunca, dentro de nuestra corta memoria histórica, habíamos estado tan mal. Como tampoco nunca, y la aparente paradoja nos agobia, habíamos estado a la vez tan legalmente, tan formalmente institucionalizados como en estos últimos años.

En tanto, a los 10 años cabales de la muerte de Rodolfo Kusch, creemos que su filosofía nos entrega códigos precisos mediante los cuales orientarnos y acercamos a comprender este punto tan crítico de nuestra vida comunitaria. Pero el cometido de estas páginas es restringido: solamente estudiar cómo, ciertos desarrollos de la filosofía de Kusch, ofrecen fértiles puntos de partida para una praxis profesional sensata en el campo de la psicología científica y del arte de la psicoterapia.

Porque, según parece estar ocurriendo en todos y cada uno de los compartimentos culturales de nuestro medio, este año 1989 muestra también un punto especialmente crítico en materia de psicología. En efecto: es notorio que las necesidades de esclarecimiento y de asistencia psicológicas de nuestras gentes no están cubiertas, y ni siquiera contempladas, por los criterios de asistencia que emanan de la acción oficial.

El meollo de nuestro drama cultural, explicitado a lo largo de la obra de Kusch, podría sintetizarse aquí en una simple verificación: la cultura que se nos enseña, así como las instituciones en que se organiza nuestra vida, son las propias del así llamado mundo occidental; pero nosotros, los latinoamericanos, no somos estrictamente occidentales.

Es cierto sí, que los profesionales, así como todos quienes hemos adquirido lo que llamamos “cultura” a través de los mecanismos oficiales escolares y universitarios, poseemos algo así como una superestructura mental formalmente coincidente con la cultura occidental, propia de Europa Occidental y los Estados Unidos y sobre-injertada ahora en el resto del mundo.

Nuestras universidades eyectan desde hace decenios, efectivamente, una generación tras otra de profesionales, científicos y artistas quienes, más tarde o más temprano, parten a ejercer su profesión, precisamente, a Europa o los Estados Unidos. Pero ellos no emigran. Ellos simplemente regresan a su lugar de origen, culturalmente hablando, a actuar sobre aquella realidad por la cual y para la cual se han formado.

Habiéndose instruido a espaldas de nuestro país, de nuestra gente y de nuestras necesidades, es fatal y también coherente que no hallen aquí una inserción de trabajo. Allí sí podrán hacerse instrumental mente titiles. Por más que eso involucre para ellos en lo personal la renuncia a una real pertenencia nacional y comunitaria.

Ateniéndonos ahora a quienes trabajamos en América Latina, y especialmente en psicología, hallamos que nuestro interlocutor latinoamericano, así como nosotros mismos, vivimos oscilando entre dos polaridades mentales al parecer poco conciliables entre sí.

Por un lado, y en un nivel psíquico consciente y predominantemente conceptual, somos racionales, lúcidos, materialistas e incluso neo positivistas como inobjetables occidentales. En tanto, por otro lado, subyaciendo en niveles psíquicos más profundos y menos visibles, nos late una subjetividad primordial, un modo raigal de sentir el mundo y la vida, que es de hecho muy poco conciliable con aquel nivel consciente. La nuestra, parece ser una subjetividad condenada a permanecer globalmente inconsciente, aunque ello no impida, claro está, que oscuramente esté determinando, todos los días, nuestras actitudes, valoraciones y opciones reales.

Queda claro que ese profesional psicólogo de nuestras universidades nunca podrá contactar ni abrir un verdadero diálogo con su interlocutor latinoamericano, si en su praxis profesional permanece ateniéndose a las teorías y las conceptualizaciones que la universidad y las instituciones culturales oficiales han injertado en su intelecto.

Especialmente en el terreno de la psicoterapia, es muy visible en nuestro medio el contraste entre dos polaridades mentales que chocan en un reiterado drama de desencuentros. Por un lado, el discurso científico del profesional, atrincherado en la penúltima teoría psicoanalítica, o guestáltica, o estructuralista, o sistémica. Y por el otro lado está el paciente real, nunca verdaderamente percibido ni escuchado, a solas con su oscuro desasosiego existencial, doliente ante una vida y un mundo que le han sido despojados de sentido.

La cultura aprendida presiona fuertemente sobre nuestro fuero íntimo, con mecanismos de segregación y de censura que determina bloqueos y disarmonías endopsíquicas. Eso perturba, en la persona individual, en el grupo familiar o laboral, en el organismo comunitario todo, el fluir “natural” de la energía psíquica, el intercambio armonio so entre el nivel psíquico consciente y los niveles profundos inconscientes.

Esos mecanismos culturales censores distorsionan el necesario interjuego entre el nivel lúcido del pensar y percibir, propios de la razón y de la ciencia, y el estrato profundo y oscuro del sentimiento y de la intuición de los valores, donde asientan el empuje vital y la humana vocación por el sentido y la trascendencia.

En el Río de la Plata, en el Cono Sur, en toda Latinoamérica: la legalidad de esa cultura adventicia que históricamente se nos ha impuesto, está interceptando, está distorsionando nuestro modo pro fundo de estar ante la vida y el mundo, propio de nuestro pueblo. Esa legalidad cultural sobre-impuesta se está perpetuando, a lo largo de estos últimos siglos, en forma de ideología y mediante instituciones formales que no funcionan.

En tanto, nuestro pueblo ha visto frustradas una y otra vez sus formulaciones propias. En toda Latinoamérica se hace cada día más clara la oposición entre el proyecto político cultural de la clase media urbana, transculturada, y el proyecto del pueblo, nunca claramente formulado, con su hondo sentido de la vida reprimido y apenas oscuramente configurado sobre la desmantelada cultura ancestral indígena americana.

Kusch ha observado y descrito certeramente esa persistente estructura del pensar indígena en América. Es un pensar, explica, que no parece conducir a lo que pudiéramos hoy considerar propiamente una filosofía. Parece más bien configurar un camino hacia un “amor a la sabiduría” de tipo contemplativo.
Los psicólogos solemos encontrar, una y otra vez, diversas modalidades de esa vocación contemplativa en los niveles psíquicos profundos de nuestras gentes. Y verificamos una y otra vez cómo esa vocación profunda choca, polarmente, contra la postura existencial dominante en la cultura. Esa posición conductual adventicia nos ordena abominar de la contemplación y lanzarnos, voluntarísticamente, al asalto de la naturaleza, a la negación de la unidad del cosmos previa mente despojado de su condición de creación.

Contrariamente a lo occidental, esa sabiduría contemplativa subyacente en nuestro pueblo latinoamericano sería, en cambio, conciliable con las filosofías tradicionales orientales y, en general, con la sabiduría ancestral propia de los pueblos protohistóricos.

Esta última consideración, que merece reflexiones e investigaciones que sin duda realizarán los continuadores de Kusch, nos lleva a una conclusión inesperada: el pensar indígena de nuestro pueblo no sería, simplemente, el pensar del indio: sería, más estrictamente, el pensar profundo ancestral del hombre, a secas. Esas modalidades profundas que Kusch ha rastreado en el pensar del indio, perduran, así, y configuran el sentir profundo de nuestro pueblo, y acaso, en alguna medida, de todos los pueblos.

Ateniéndonos a lo nuestro inmediato: los psicólogos de nuestro medio afrontamos la necesidad de aplicamos a captar y a elaborar, como si partiéramos de cero, los estratos profundos del sentir de nuestras gentes. Porque los hechos dicen a la clara que ese sentir no ha sido legítimamente captado, ni válidamente comprendido por las teorías científicas psicológicas que conforman ese aspecto de nuestra cultura formal universitaria.

Ese sentir profundo se nos ofrece sin embargo cotidianamente, oscuramente captable en el entretejido de nuestra cotidianeidad, y más dramáticamente, en nuestro quehacer profesional clínico psicológico.

Ese fondo largamente reprimido es captable, en efecto, sólo oscuramente, y difícilmente: sólo en la medida de nuestra sensibilidad personal así como también de nuestra disponibilidad ideológica. En tal sentido, el consejo primordial para el psicólogo joven lo sigue dando aquel aforismo de Antonio Porchia: “No te pongas delante de tus ojos: deja ver a tus ojos.”

Porque, como Kusch nos lo ha mostrado, la comprensión del sentido de la vida y del mundo tiene que abrirse paso con dificultad, dura mente, hendiendo muy sólidas barreras categoriales que nosotros mismos, en tanto cultos, estamos colocando defensivamente.

Vivimos en medio de ásperas contradicciones culturales, que nos desgarran tanto en el fuero personal como comunitariamente. Los psicoterapeutas debemos todos los días acudir en asistencia de nuestro prójimo desgarrado y de nuestras instituciones comunitarias inoperantes. Pero los criterios que la cultura oficial ha puesto en nuestras manos profesionales no son instrumentalmente válidos para nuestra tarea.

Los psicólogos no podemos movemos como meros depositarios e instrumentadores de esa cultura y de esos criterios enmarcados en experiencias y realidades que definitivamente no son las nuestras. Nuestro compromiso profesional y nuestro desafío son mucho mayo res. Los psicólogos no nos podemos permitir asumimos simplemente como profesionales y hombres cultos, porque nuestra tarea es acudir en asistencia de una persona y de una sociedad en crisis que no son occidentales. Como tampoco lo somos nosotros mismos. En nuestra tarea, los psicólogos debemos, más bien, comprometemos y ser parte en el rescate de una conciencia personal armónica, de un recobrado sentido de la vida y del mundo.

Las artes psicoterapéuticas tendrán que irse estructurando, por todo ello, ante todo en función de mediación. Los psicólogos tenemos que constituimos, ante todo, en agentes de intermediación entre aquellos dos niveles. Pues si por un lado laten oscuramente las vivencias del sentir profundo, por el nivel visible, inmediatamente accesibles a la introspección, discurren las estructuras racionales y todo el psiquismo discursivo. Esa polarización es en ciertos aspectos irreconciliable, y puede observarse con cierta facilidad en muchas alternativas comunitarias de nuestro pueblo: para ello no hay sino que leer sin anteojeras nuestra historia. Con alguna dificultad, puede también descubrírsela distorsionando los dinamismos endopsíquicos en lo más profundo de la personalidad individual.

En tanto, nuestra triste realidad histórica y cultural sigue siendo lo que es: no podemos, sin más, evadimos de algún modo de ese drama fundamental, ya que continuamos viviendo sumergidos en esas formas y esas instituciones culturales. Y, ello es absolutamente forzoso, hemos de seguir contando con ellas: con las instituciones, con las universidades, con la ciencia y con la tecnología propias de esa cultura que no es propiamente nuestra.

Porque no tenemos otras. No parece, por el momento, haber otro camino, y acaso la consigna de la hora podría decir: aceptemos, sí, e instrumentemos, sí, esa cultura y esa ciencia; pero aprendamos a hacerlo, ahora, sin dogmatismo y sin sumisión acrítica. Acaso por ese camino descubramos una transacción que nos libere de tener que reprimir nuestra auténtica diversidad profunda. Alguna vez Kusch había propuesto una especie de estrategia, ante la cultura adventicia. Decía: “Fagocitémosla, a la manera indígena, con resistencia y astucia”.

Veamos ahora en detalle algunos hallazgos de Kusch a propósito del penar indígena y las diferencias de éste con el pensar occidental. La mente del occidental se dirige a la realidad con la intencionalidad de captar objetos. El indígena, más que objetos, capta aconteceres. El indígena no ve como nosotros los “cultos” un algo estable poblado de objetos. Ve, más bien, una especie de pantalla sin cosas pero con intenso movimiento, pudiendo ese movimiento ser fasto o nefasto.

Ahora bien: ese ámbito sin cosas pero donde la subjetividad sospecha la latencia de aconteceres fastos o nefastos, es un viejo conocido del psicólogo latinoamericano perspicaz. Es un archiconocido escenario interno nuestro. Pero, del que ningún libro nos habla, del que ninguna disciplina universitaria se ocupa. En mi cotidianeidad profesional de psicoterapeuta yo lo encuentro siempre, emergiendo de los niveles psíquicos profundos y oscuros de las personas a quienes asisto.

Esa imagen del mundo que Kusch descubre y describe en el fondo del pensar del indígena se parece, acaso coincide en lo fundamental, con la configuración que yo hallo todos los días en la profundidad psíquica de nuestras gentes. ¿Dónde están los libros de ciencia psicológica que lo describan, las teorías que lo expliquen?

Dicho de otra manera y con más generalidad: las estructuras psíquicas infla conscientes de nuestras gentes se parecen a las estructuras infla conscientes de nuestros indígenas. Pero difieren de lo que describe la casuística de la psicología en tanto ciencia occidental, y, concretamente, de las teorías psicológicas de procedencia formal europea o norteamericana.

El psicólogo novicio podría aquí desconcertarse, preguntándose si acaso nuestros genes y nosotros mismos somos, en lo profundo, indios. Pero no se trata de lo indio: se trata, más en general, de lo humano. Se trata, al parecer, de la genérica profundidad psíquica de lo humano, acaso desatendida o no suficientemente percibida por la ciencia occidental. He aquí que Imbelloni —citado por Kusch— nos recuerda que, ya en el muy antiguo sistema del taoísmo, se estuvo dando un desarrollo de esto mismo: valoraciones de Favor y Disfavor mánticos.

A poco que generalicemos estas consideraciones, llegamos a una inesperada e insólita conclusión, a saber: que la cultura occidental, si bien se ha extendido a lo ancho y a lo largo del mundo todo, aparentemente sumergiendo a las culturas locales, no se habría acercado sin embargo a la universalidad. La cultura occidental no es universal. Por más que de hecho ocupe y se expanda por todos los lugares del mundo, no ha alcanzado por ello la universalidad. No es en absoluto, contra lo que un vicio europacentrista había pretendido, “la” cultura. Es sólo “una” cultura. Que no es la nuestra. Es hora de que renuncie a su pretensión de estar ofreciendo una versión válida de la realidad en términos absolutos y universales. Pretensión a la que ninguna cultura, lo sabemos ahora, puede aspirar.

En tanto, como habíamos visto, el pensar de nuestros indígenas así como el sentir profundo de nuestro pueblo todo parecen coincidir, en sus notas fundamentales, con el pensar propio de todos los pueblos protohistóricos. La estructura de tales estamentos psíquicos constituiría el fundamento del pensar humano en general.

En ese orden de consideraciones, creemos que los actuales desarrollos de la lingüística y del estructuralismo están fracasando en tanto intento por configurar una teoría universal del pensamiento. En tanto, existen otros enfoques, excéntricos con respecto a la cultura dominante pero en verdad más tradicionales, que parecen estar pre configurando intentos de sabiduría más universalizable.

Pero volvamos ahora a Kusch, quien observa que nosotros, transculturados, enfocamos la realidad poniéndonos a la captación de objetos. Pero el indio no se constituye nunca en sujeto fotográfico. No se dirige a captar objetos, sino más bien, y a la manera de los pueblos protohistóricos, enfoca la realidad con un saber de movimientos y de aconteceres fastos y nefastos hecho ante todo de emocionalidad.

Actitudes subjetivas profundas de ese estilo, yo suelo encontrarlas una y otra vez en la profundidad psíquica de nuestras gentes. Ese es un hecho que contradice, sutil pero persistentemente, lo que describe la casuística y explican las teorías científicas psicológicas.

De ahí surge la problemática acuciante del profesional psicólogo: a la hora de acudir a las necesidades psicoterapéuticas de nuestras gentes; ¿qué puede hacer el psicólogo con todo ese material emergente de la profundidad psíquica, tan heterogéneo siempre con las estructuras ideatorias transculturadas de esas mismas gentes? ¿Cómo ayudar a nuestro escindido prójimo latinoamericano a que rescate su unidad interna?

En ese orden de cosas Kusch ha evaluado ciertos hechos históricos, sabidos por todos pero insuficientemente considerados por la filosofía. La historia de la cultura nos dice que, coincidiendo con la Revolución Industrial, Occidente conformó un nuevo sentido de la vida, como remate de muchos siglos de experiencia histórica europea. “Se instala entonces en la cultura un mundo hecho de objetos a ser movilizados por el hombre.” El mundo dejó de ser sentido como el conjunto de la creación, y pasó a ser, para esa cultura, un gran “patio de los objetos”, apto para ser transformado y hendido por la voluntad del hombre.

Sostenidas por tal concepción del mundo, se estructuraron luego una teoría del conocimiento y una ciencia. Las que instauraron, a su vez, una todopoderosa tecnología, a la que vemos hoy manipulando las cosas, agrediendo e interfiriendo a la naturaleza, y desentendiéndose de los equilibrios del cosmos, indagado ahora sólo con mirada desacralizadora

Es cierto que todo ese sistema ideológico, tanto en Europa como en todas partes a donde ha llegado, está actualmente en aguda crisis, con su ya insostenible postura racionalista y neopositivista, con sus decrépitas instituciones liberales individualistas y con su “salvaje” tecnología deshumanizada y depredadora.

Pero esa crisis se está dando en términos históricos, con ritmos que por cierto no consultan el ritmo del acontecer a escala de vida huma na. Y en ello estamos. Con crisis o sin ella, nuestras ineficaces instituciones, nuestras universidades-museos, nuestra cultura oficial for mal toda, continúan, y aparentemente continuarán, interfiriendo y distorsionando nuestra vida, aplicándose industriosamente a injertar en nuestro medio la penúltima teoría de moda en Europa y los Estados Unidos.

En cuanto manifestación de esa ideología occidental, la ciencia psicológica continuará por un largo rato —y no importa demasiado conformada por cual teoría— interfiriendo y distorsionando una buena captación de nuestras realidades psíquicas. Fundamentalmente:

continuará explicando que los conflictos y los dolores de ánimo de las gentes serían el resultado de causas exteriores y ajenas al sujeto. Posición ideológica insostenible pero que, acríticamente, continuará engendrando argucias psicológicas e instrumentando técnicas encaminadas a manipular “cosas” que estarían fuera del sujeto, en el “patio de los objetos”, y sometidas a la legalidad de la causación.

Pero una psicología científica a la occidental nunca podrá tomar contacto ni comprender las necesidades existenciales más profundas del hombre, cual son la necesidad de superar el desgarro fasto-nefasto de la realidad, la necesidad de hallar un sentido a la vida y al mundo y la vocación hacia una resolución trascendente para los limites de la condición humana

A espaldas de tales profundas vivencias de la condición humana, que son el fundamento dramático de la historia y del drama cultural, la psicología científica a la occidental continuará todavía mucho tiempo aplicándose al triste juego de establecer causalidades A tal psicología le encantará, por ejemplo, seguir definiendo y catalogando entidades nosológicas objetivas : síntomas, síndromes enfermedades. Como no sabe ver a las personas reales, se dedica a abstraer entelequias conceptuales.

A semejanza de lo que acontece con la medicina occidental “salva- que no percibe personas enfermas sino enfermedades, a los psicólogos se les impedirá también percibir personas, y se les impedirá de mil modos a que sólo vean patología, mecanismos, procesos causales; a lo sumo, podrán solamente ver “casos” o “pacientes”. Obligados a colocarse en actitud objetivante ante su “paciente”, a los psicólogos no les será licito ni posible conectarse con su prójimo en crisis. No podrán estar con su prójimo en crisis, dolido ante todo de finitud, de soledad, de carencia de sentido y de salidas trascendentes L para las fatalidades de la condición humana.

Eso, por parte del psicólogo. Pero he aquí que la persona que nos consulta, también está transculturada, también entiende su situación y sus desasosiegos desde la ideología occidental. En la consulta, a los psicólogos nos ocurre algo muy parecido a lo que le ocurre al médico. Todo médico con alguna experiencia ha aprendido que su paciente acude a él demandando que le recete algo, que le dé una cosa exterior para incorporársela y delimitar así la cosa-enfermedad: todo médico sabe que está obligado a recetar algo, aunque sea H2O en gotas, porque si no su paciente sentirá que se va con las manos yací as, abandonado ante un mundo hostil y sin sentido.

Así mismo, el psicólogo suele encontrarse con un doliente imbuí- do ideológicamente acerca de sus dolencias: el consultante inteligente y culto suele ser muchas veces una persona que se define a sí misma como “paciente”, y que viene con un programa muy definido: viene a que el psicólogo le ayude a hallar las causas de sus malestares. Muchas veces esa demanda por la explicación de causas es más perentoria que el deseo de que cesen los malestares y las dolencias.

Más aún que sentirse bien, él necesita conocer causas. La cultura occidental nos ha programado así, el criterio científico nos ha enseñado que todo ocurre así, por la acción de las causas actuando sobre las cosas y todo ello ubicado afuera del sujeto.

El esclarecimiento científico de las causaciones se llama “explicación”. Los psicólogos soportamos permanentemente la presión de esa demanda, que tiende a determinar y a conformar de cierta manera el proceso psicoterapéutico. La persona quiere y demanda la explicación causalística de sus malestares: en ese sentido, conviene que el psicólogo comprenda que el consultante “necesita” esa explicación, aunque ello pueda en cierto modo distorsionar el proceso psicoterapéutico.

Pero he aquí que en la mayoría de los casos, en nuestro Buenos Aires, el psicólogo es, también él, un transculturado occidental. Especialmente si comulga con alguna escuela psicológica interpretativa del tipo del psicoanálisis, por ejemplo: esa demanda de explicación por parte de su “paciente” será muy bienvenida y mejor satisfecha. Y así el llamado “paciente” se convertirá a su vez, posiblemente a lo largo de años, en un excelente explicador de dolencias. Esas mis mas que, naturalmente, seguirá padeciendo.

La persona en crisis subjetiva, en Latinoamérica, choca, a la hora de acudir a la psicoterapia, con una fatalidad sobre agregada: la heterogeneidad de fondo que existe entre su realidad anímica profunda y el sistema de estructuras conceptuales de su propia mente.

Sabemos cuán fatalmente fácil es ver según se piensa. Y lo muy difícil que es pensar según se ve. Nos toca aprender, muy dolorosa y difícilmente, a pensar según se ve. Porque nuestro ver mismo está interferido. Parece que miramos mal, o no miramos; parece que lo aprendido nos enseñó a mirar nuestros asuntos a través de unas categorías cognoscitivas que son ajenas a nuestro real espacio existenciario, unas categorías conceptuales que son impermeables y mudas para lo que se refiere a nuestro sentido profundo de la vida.

Kusch dice que los sudamericanos insistimos en ocuparnos de un plus de afuera, defensivamente, para así compensar una carencia de dentro. Porque, puestos ante un mundo desacralizado y vaciado de todo sentido, nuestra demanda interna profunda podría caer, demasia do fácilmente, en el total desamparo.

Jugando con paradojas, Kusch ha imaginado que el indio —así como el conjunto de nuestro pueblo, que obviamente rechaza las soluciones desarrollistas y la ideología liberalista de nuestra cultura— podría a su vez planteamos a nosotros, los urbanos transculturados: ” ustedes, qué han conseguido? ¿Después de cuatro siglos de coloniaje y casi dos de república, dominan por fin la realidad, dominan por fin a esa naturaleza a la que tanto agreden?” Pero nosotros, concluye Kusch, mal que nos pese, nada de eso hemos logrado: sola mente hemos administrado conocimientos europeos, de segunda, a los que hemos convertido en un plus exterior destinado a compensar nuestra orfandad última.

Porque “el indio sí, puede, mediante su ritual, remover su intimidad”. Pero nosotros, pobres ciudadanos cultos, con la técnica y con

las cosas, no podemos remover nuestra intimidad. Y no podemos hacerlo, entre otras razones, porque la intimidad, precisamente, no / puede ser objeto de conocimiento a la manera de las cosas. La subjetividad, puesta afuera, objetivada, ya no es la subjetividad, ya no es

“lo del sujeto”.

En ese sentido, la subjetividad es incognoscible. Y no la conocemos. La padecemos, simplemente. y la vivenciamos apenas, difícil mente, sólo en la medida en que, venciendo corazas culturales defensivas, logramos tornarla consciente.

Siendo la intimidad subjetiva por sí misma incognoscible, y dada la heterogeneidad básica entre la subjetividad y las estructuras conceptuales propias de esa cultura, cabe preguntarnos: ¿qué posibilidades reales tiene el psicólogo en Latinoamérica? O más brevemente: ¿es, tal psicólogo, realmente? Aparte de las consideraciones semánticas que aquí pudieran hacerse, nos preguntamos: ¿se puede, en Latinoamérica, así, pensando desde categorías científicas y actuando desde una actitud explicativa y técnica, es teóricamente posible, comprender y rastrear y reparar de algún modo las dolencias subjetivas de un semejante?

Yo creo que en psicología, en esta parcela específica del quehacer humano, es esencialmente dramática la insuficiencia de nuestra cultura. Aparte del hecho de que ella misma, la propia cultura occidental, se halla hoy en crisis. Así, somos testigos, y también actores en la actualidad, de esa estampida cultural: un conjunto incoherente de desordenadas aperturas que día a día crecen y desbordan las pautas culturales occidentales. La lista sería larga y contradictoria: criterios filosóficos y de sabiduría tradicional orientales, aparición y reactivación de sectas y rituales, homeopatía y medicinas alternativas, disciplinas holísticas, estudio de las coincidencias significativas o sincronicidad parapsicológica, astrología, técnicas de concientización de la corporalidad, terapias comunitarias, movimientos de regreso a la naturaleza, psicoterapias basadas en el ensueño dirigido: un amplísimo, variado y contradictorio espectro de aperturas y puntos de vista. Que, no obstante su diversidad, coinciden en un punto fundamental: todos y cada uno de ellos involucran un cuestionamiento a la imagen occidental de un mundo desacralizado.

En cuanto a los desarrollos de la filosofía de Kusch: nos proporciona, al parecer, un marco teórico apto para fundamentar una psicología válida para nosotros los latinoamericanos. Veamos esto, referido ahora al quehacer psicoterapéutico. Kusch ha hallado, repetida mente, que el acervo cultural del indígena parece indicar que el indio usaba prioritariamente una función mental que los occidentales no solemos valorar ni apenas utilizar: la afectividad.

Claro está que sí, reconocemos que tenemos afectos. Pero no sabemos concienciarlos ni valorarlos: nuestra cultura los descalifica. Un rápido balance de la actitud de la filosofía ante la afectividad nos informa que, ya para Descartes, los afectos no son sino una etapa confusa del intelecto. Para Kant, son estados sensoriales caóticos. El propio Max Scheler, con haberse ocupado tanto de la afectividad, esquiva su sentido profundo y se queda con sólo la intencionalidad de la emoción; eso es propio, por lo demás y como Kusch lo ha mostrado, de todo el romanticismo.

Y ya en el campo mismo de la psicología, en Occidente se desconoce casi lo emocional. Para Wundt, fundador de la psicología experimental, la emoción es un desequilibrio, un descontrol. Y finalmente, para el mismísimo Jung, todavía incapaz de romper las limitaciones freudianas, nos dice que “el afecto es una peculiar perturbación del proceso representativo”.

Kusch resume así la situación: la cultura occidental escamoteó la vida emocional, primero evitando el problema, y después produciendo la deflación de la emoción en el psicoanálisis. Y’todo ello, aparentemente, para asegurar la “libre” acción de la inteligencia.

Captado esto mismo desde el polo opuesto, podríamos decir: occidente ha arrancado a la inteligencia del contacto total de la psique, para ponerla a funcionar en un vacío en que el intelecto pierde con tacto con la totalidad vivencial de ser un hombre y estar en el mundo y ante un destino.

La cultura indígena no ha producido tal escamoteo: muy contraria mente, parece poseer una coherencia interna apoyada precisamente en el fondo afectivo. La cultura aimara, tanto como la quechua, valoraban la interioridad del hombre en forma global. Y Kusch menciona cómo William Stern está en la pista de esto, cuando menciona en su “Psicología General desde el Punto de Vista Personalista”, la existencia de aspectos emocionales de la personalidad, o “entrancia”, que son la contrapartida de los aspectos intelectuales, o “saliencia”. Ese nivel de “entrancia”, que la cultura imperante ha ignorado, constituiría, para Stem, una instancia de intermediación entre el intelecto y la vida profunda del inconsciente.

Pero nuestra cultura formal menosprecia a una mitad de nuestra psique. Una anécdota real de hace años nos permitirá evaluar a lo vivo ese menosprecio. Ocurrió por entonces que el hermano de una amiga mía fue asesinado en la calle. Mi amiga, una inteligente asis tente social, era en ese momento funcionaria del Congreso, y se desempeñaba como asesora de una subcomisión parlamentaria que se ocupaba, precisamente, de temas de legislación penal. Yo acompañé a mi amiga en esos días, y por cierto finalmente le comenté: de cómo, el destino la había colocado, tan dolorosamente, en el exacto lugar para evaluar un tema tan difícil como el crimen y el castigo. Y me interesé por saber cómo iba ella a asesorar al respecto a los legislado res: a quienes hacen, precisamente, la ley penal. Pero ella, ante mi estupefacción, me replicó: “Mi condición de hermana de la víctima me impide, precisamente, opinar: el afecto invalida mi juicio”. Y esa fue, por lo demás, la opinión general e incuestionable. Porque parece que eso es lo que dice para el caso, nuestra ciencia psicológica: se puede conocer y valorar, en este caso el crimen, sólo captándolo objetivamente. Es decir, completo yo, sólo en la medida en que el cri men `no importe”.

En contraste con esto, según lo ha registrado Kusch, la cultura indígena menciona el “corazón” (en quechua: “soncco”; en aimara “chuyma”), más que como un órgano, como una facultad psíquica que, a la vez, ve y siente: como un regulador intuitivo del juicio. “El juicio del corazón es racional y participa de lo intelectual de la percepción, pero, a la vez, siente fe en lo que está viendo: remite a un registro profundo en que toda la psique se pronuncia ante una situa ción objetiva.”

El juicio desde el corazón, en la cultura indígena, rescata la coordinación entre sujeto y objeto, mediante la movilización de un sujeto total. No el sujeto sólo intelectual de nuestras ciencias objetivas, sino el sujeto total, pensante y sintiente con toda su profundidad psíquica existencial.

Es rutina, en la vida de los psicoterapeutas, la tarea de asistir a personas “demasiado” inteligentes, que todo lo racionalizan. Y tenemos que ayudarlas a que aprendan a ponerse en contacto con su estar viviendo de manera más total, más verídica, y también más saludable. A que aprendan a hacerse conscientes de sus emociones, dándose cuenta de lo que sienten y no sólo de lo que piensan.

Por eso la psicoterapia no es, ni debe ser en la mayoría de las ocasiones, un asunto de explicaciones. Ni, podríamos concluir, propia mente de ciencia, es más bien un arte. La psicoterapia debiera constituirse en el arte del encuentro personal; un encuentro que, claro está, no debe atenerse demasiado a las formas culturales o de la costumbre social. La psicoterapia debe ser, definitivamente, un asunto del corazón: una relación emocional, un encuentro ante todo afectivo. Al punto que mi experiencia profesional es terminante en esto: sólo puedo ayudar a aquél a quien puedo querer.

Kusch señala que el saber indígena no es nunca acumulación de conocimientos: dice que es “un saber rítmico, un estereotipo que participa de la reminiscencia”, un saber que no se ocupa tanto de los aspectos reales, cuanto de los aspectos numinosos del arquetipo. Y el arquetipo, decimos con Jung, procede del inconsciente colectivo: el sujeto, así, vivencia sus contenidos como revelados.

Sabemos que el arquetipo es la estructura del inconsciente: es un principio organizador de la psique toda. Abarca la psique de la persona individual, pero también pasa a estructurar al grupo social. Por eso ese saber del indígena, que no se ocupa de porqués ni de causas, sino de cómos, es un saber no enajenable de un sujeto. Como no es tampoco almacenable objetivamente: exige el compromiso del sujeto.

En términos de psicología, diríamos: por oposición a erudición, eso es sabiduría: no se trata de saber muchas cosas, sino asumir el saber abandonando la disponibilidad subjetiva y comprometiéndose con el proyecto. En abierto contraste con el triste criterio acumulativo y enciclopedista de nuestra educación oficial, Kusch, muy brevemente, nos ha dicho: “el saber hace crecer algo dentro del sujeto”. El saber occidental a ultranza es siempre sobre-adquirido, y no toma contacto con el sentimiento vital: su rigurosa objetividad lo des conecta de toda valoración existencial y lo condena a la ausencia de toda apreciación totalizadora, vacío de rito y de trascendencia.

El saber indígena, en tanto, contacta ante todo con el hecho puro de vivir, y se abre a la trascendencia. Por eso, para el indígena, el no saber es mucho más grave que la mera ignorancia: el no saber es la ausencia de revelación.

Observemos ahora que así como, puesto ante el mundo, el indígena no se atiene a captar cosas, sino modalidades afectivas, con más razón, eso mismo le ocurre al indígena cuando se trata del diálogo interpersonal. En nuestra cultura, el encuentro con el otro suele consistir ante todo en un intercambio ideatorio: se intercambian ideas, a lo sumo puntos de vista. También yo, escribiendo estas líneas, y mi hipotético lector, somos, a grandes ratos, occidentales intercambiando conocimientos a nivel verbal abstracto. Salvo en aquellos ocasionales puntos en que lapsus cálami mediante, “se nos escapa el indio”, valga literalmente la expresión.

En cambio el indio, en el diálogo interpersonal atiende bastante poco al discurrir conceptual: más bien está al acecho del tinte afectivo que la presencia del interlocutor le genera en un nivel poco lúcido y consciente Esa observación de Kusch acerca de cómo se juega el diálogo interpersonal en el indígena, es también, aunque en menor válida para todos los niveles populares.

Pero he aquí que esta descripción resulta, asimismo, una excelente descripción de la ideal actitud dialógica profesional del psicólogo. Porque el psicólogo, si es tal, tampoco atiende estrictamente al mensaje consciente y conceptual de su interlocutor. Está más bien al acecho de los metamensajes, y se mantiene a la vez muy receptivo ante u propio sentir: qué siento ante esto que me dice, desde dónde siento que me dice sus asuntos, qué estoy sintiendo ante su presencia y su actitud global. Y, todavía, un lugarcito para captar qué imágenes y fantasías se me disparan a mí a medida que lo oigo, y cómo todo ello me importa y me hace sentir o no.

Dicho en términos de nuestra cultura, sería así; tanto el indígena puesto ante su interlocutor, como el bueno del psicólogo en el diálogo interpersonal, están libres de censura interna, se colocan ante el otro indefendidamente; se ponen en contacto, más que con el discurrir conceptual, con el fluir de su trasfondo subjetivo oscuro, nada “claro y distinto”. Uno y otro, indígena y psicólogo, captan, pues, una vivencia afectiva total, difícilmente conscienciable y que nuestra cultura formal no sólo reprime, sino también descalifica.

Decimos “el psicólogo”, pero, claro está, eso no es generalizable para todos los psicólogos. Digamos mejor: algunos psicólogos. Porque los noventa y tantos restantes posiblemente todavía están conformados por las propuestas que el sistema les ha impuesto desde universidades e instituciones: acaso todavía no han tenido tiempo de “desaprender”, en íntimo contacto con la realidad del vivir humano, la escoria científica. Son los psicólogos-técnicos, ineficaces como psicoterapeutas, pero excelentes funcionarios a la hora, por ejemplo, de asesorar sobre selección de personal, de medir aptitudes y destrezas, y, en general, de ocuparse de parciales funcionamientos psíquicos de un hombre científicamente cosificado.

Las características del pensar indígena son generalizables, aunque en menor grado, para todo el conjunto de nuestro pueblo latinoamericano. En lo que se refiere a las minorías urbanas transculturadas, esas modalidades psíquicas básicas persisten, aunque fuertemente reprimidas a niveles inconscientes.

Como en el indígena, hay en nuestro pueblo la vivencia de un transfondo emocional dual fasto-nefasto, con una respuesta afectiva en forma de afán angustioso por alcanzar el equilibrio. Pero he aquí que nuestro pueblo carece de las estructuras culturales que al indígena le proporcionaban salidas existenciales trascendentes. Porque el indígena tenía el rito. Dentro de su propia cultura y mediante el cumplimiento de su ley profunda, el indígena alcanza ba, en una vivencia límite, la plenitud y el sentido de vivir. Pero a nosotros la cultura no nos ofrece nada semejante a tales actitudes existenciales.

Latinoamérica toda está cubierta por esos dos modos de pensar, que en muchos aspectos son tan opuestos. “El estilo del pensar indígena es con mucho mayoritario en nuestra población. Pero ha sido decretado, primero desde el imperio y después desde el poder urbano, que la cultura indígena ha de ser marginada, y el pueblo, transculturado.” Eso es ya historia Ahora, acaso un poco tarde, sabemos que esa no parece haber sido la solución.

Porque hay un hecho defmitivo: aparte de su histórico entrechocar con la cultura nativa americana, así como en otros lugares choca con otras culturas locales, la cultura occidental en sí misma está en crisis y en descomposición, y hasta parece revolverse en callejones sin sali da precisamente allí done alcanzó sus mayores desarrollos.

Kusch enfatizó de cómo, en materia de pensamiento, la cultura occidental hizo un desarrollo acromegálico del sistema de abstracciones, a costa de un severo déficit en la captación intuitiva y afectiva del mundo concreto. El hombre occidental adhiere, tan acríticamente como irresponsablemente, a la acción y al voluntarismo, y se niega a la inteligencia contemplativa. Y así como el indígena tiene dificultad para objetivar, el occidental insiste y machaca en la objetivación, construyendo una crónica causalista de la realidad, e instalándola como único objeto discursivo: con ello se cierra, fatalmente, a toda salida trascendente.

Lo hemos colocado todo en el “patio de los objetos”. ¿Y el sujeto, quién es? Porque yo mismo, puesto a conocerme, cómo hago: ¿me cosifico también, y me capto ahí afuera, también en el “patio de los objetos” como una cosa más? Posiblemente el aporte más sólido de Kusch a la filosofía es esta petición de una redefinición del sujeto.

Retrayendo ahora el asunto a la simple propuesta de una actitud profesional para el psicólogo, cabe preguntarse: si todo es así en nuestra cultura, si todo se halla en general referido al mundo de las cosas u objetos, ¿qué ocurre cuando se trata especificamente de per onas? Cuando lo otro objetivado son las otras personas, cuando es mi prójimo, yo, psicólogo, ¿qué puedo hacer?

¿Debo, como buen científico occidental y según la universidad me ha enseñado, objetivarlo a mi prójimo, debo captarlo como objeto, como una cosa en un mundo de causalidades? Pero yo he descubierto que mi única manera de efectivamente ser psicólogo, es ser psicólogo latinoamericano. Verdad es, me digo, que en el nivel consciente y lúcido de los conceptos y los conocimientos pertenezco a la cultura occidental, y no puedo no pertenecer. Pero acaso ,también puedo, confío, a la hora de ejercer el arte de la psicoterapia ante mi prójimo, asumirme como latinoamericano: como pueblo latinoamericano.

Y dar una especie de paso al costado subjetivo. Y negarme a objetivar a mi prójimo. Y en lugar de ponerme ante él, me pongo con él. En un encuentro subjetivo en que, a la manera de mi abuelo cultural indígena, estaré ante todo atento concienciando mis afectos más que mis pensamientos, y ser con él, ante todo, una subjetividad empatizante.

Y ocurrirá acaso así un encuentro entre prójimos, ante todo afectivo, oscuro de captar y sólo dolorosamente concientizable, pues estoy desoyendo un mandato cultural que me ordena deponer y reprimir la afectividad. Si soy americano, más que psicólogo científico, contactaré así con mi prójimo real en su profundidad más oscura. Y sólo así podía ayudarlo.

Podré acaso. Si por ventura soy oído cuando hago mía la plegaria de Teilhard de Chardin:

Dios mío, haz brillar tu rostro, por mi mediación, en la vida de los otros. Concédeme verte, incluso y sobre todo, en lo más íntimo, en lo más lejano de las almas de mis hermanos.

Obras de Rodolfo Kusch especialmente consultadas y citadas a lo largo del texto

“América Profunda Buenos Aires. Bonum. 1975.

“El pensamiento indígena y popular en América”. Buenos Aires. Hachette. 1977.

“Esbozo de una antropología filosófica americana”. San Antonio de Padua. Castaiieda. 1978.

Notas

1 K. O. Jung: “Tipos Psicológicos”. Sudamericana. Buenos Aires 1965, p. 196.

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Categorías:Psicología
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