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Andrés Rivera: otra lectura de la historia

Nació en 1928 . Hijo de padre judío. Vive en Bella Vista, Córdoba. Todos los viernes coordina un ciclo de cine debate en la Biblioteca Popular de esa ciudad. Considera que la literatura norteamericana es la mejor del mundo.

Prefiere escribir por las mañanas, a mano, en cuadernos y con alguna lapicera de buen trazo. Cuando escribe sigue algunos consejos de Hemingway : releer y corregir una y otra vez los manuscritos. Dice que la literatura le sirve para resistir a la desesperanza. Éste es Andrés Rivera.

En varias oportunidades ha dicho que para él existen dos tipos de escritores: los que quieren ser escritores y los que quieren escribir. Es evidente que estas afirmaciones están pensadas desde la perspectiva de escritor.

Ahora bien, desde la óptica del lector, considero que existen dos categorías de escritores: aquellos cuyas obras entretienen o divierten al lector y aquellos cuyas obras abren horizontes. En este último caso, el resultado es un lector transformado en algún aspecto de su cosmovisión.

Sin duda, Andrés Rivera pertenece a este último grupo.

Marcos Ribak (éste es su verdadero nombre) comienza a escribir a finales de los años cincuenta, principios de los sesenta. En estos años surge lo que daremos en llamar “un primer momento en la obra de Rivera”. Esta primera etapa comprende los siguientes títulos: El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965).

Este Rivera inicial ofrece una prosa algo politizada, enmarcada dentro de su compromiso militante en el P.C. (afiliado en 1945 y expulsado del partido en 1964).

El caso más interesante es la publicación de El precio (1957) que provoca un verdadero escándalo en el ambiente literario. La crítica lo condena aludiendo al “aliento demoníaco de una ideología poseída por el odio y amasada por el rencor que subyace en la obra”.

De lo dicho por los críticos, se deduce que esta novela amenazaba (¡quién sabe a qué!) como una fuerza destructora.

Pero ” ningún libro – ni la Biblia, ni el Quijote, ni el Qué hacer – evitaron Auschwitz” dice el protagonista de Tránsitos (Mitteleuropa). Cierto es que ningún libro evitó Auschwitz, pero en mi opinión tampoco ningún libro lo provocó. Por lo tanto, me permito dudar de la fuerza destructora de El precio.

Ya en 1972 se publica Ajustes de cuentas, una colección de cuentos con el estilo de la novela negra de Chandler o Hammett, dos escritores admirados por Rivera.

Luego de esta publicación, Rivera silenció su pluma (¿o la silenciaron?) durante diez años.

Hoy en día, reconoce que estos años le sirvieron para acercarse a grandes autores que no leía por prejuicios. Así, recorriendo las páginas de Una lectura de la historia (1982) descubrimos que Rivera no pudo escapar a la seducción de la obra de Borges. Veamos el siguiente fragmento: “De él sé lo que me importa, aquello que ignoro merece olvido” o “proporciono estas escasas referencias (…) porque del episodio que voy a contar , ignoro su trama secreta …” . Y aunque Rivera odia las identificaciones, no podemos evitar decir “puro Borges”.

Así, inaugura Rivera su segunda vuelta, caracterizada por un estilo definido y una potencia creadora propia de los grandes.

En este segundo momento nos encontramos con una literatura sin didactismos; con un lenguaje renovador, lacónico pero potente donde lo dicho es tan importante como lo no dicho. Rivera refiere, expone, no juzga. El juicio y la reconstrucción de los silencios es tarea del lector. El Farmer, por ejemplo, es una poblada de cuestionamientos y de silencios; en el apartado número cuatro Rosas se pregunta: “¿Qué querían de mí los argentinos? ¿Qué les daba yo para que gritaran “Viva Rosas”?”. Esto no es más que una evidencia de que leer a Rivera se convierte en una verdadera experiencia intelectual.

Y digo experiencia intelectual, porque la prosa de Rivera resuena en el interior de cualquier lector conocedor o no de la historia argentina. Bastaría con citar una sentencia que Rosas pronuncia en El Farmer y que juzgo fatal para cualquier argentino: “Quien gobierne podrá contar, siempre, con la cobardía incondicional de los argentinos”. ¿Rosas o Rivera?

Si bien, Rivera se ha negado a reconocer esta frase como suya; considero que el autor domina cabalmente al narrador y que esta frase tiene un objetivo muy claro: el de sacudir al lector como sujeto histórico e invitarlo a abandonar la cobardía que ha caracterizado al pueblo argentino en numerosas etapas de la historia.

El núcleo central de esta segunda etapa es la historia argentina del siglo pasado, ya desdibujada, ya manifiesta, pero siempre presente.

En algunas de sus obras la historia actúa como escenario, como fondo; no hay en ellas una estricta reconstrucción histórica, pero sí aparecen episodios claves de este siglo. Este es el caso de la colección de cuentos titulada Mitteleuropa (1993) donde hombres sin nombres luchan, vacilan, sueñan, desean y actúan en un marco de luchas de poder, de guerras y exilios.

No sucede lo mismo en el caso de otras novelas como El Farmer (1996) , La revolución es un sueño eterno (1987) o El amigo de Boudelaire (1991) donde Rivera crea una estructura singular. Estas obras poseen un entramado que mezcla los planos anecdótico y ficcional con un trasfondo histórico.

El discurso de los personajes presenta, también, una doble perspectiva: una que responde al orden de la ficción y otra al orden de los hechos históricos.

Rivera pone a consideración la historia argentina en las figuras de Castelli, Rosas y Bedoya (prototipo de la naciente burguesía argentina), abandonando definitivamente el lamentable maniqueísmo con que los argentinos hemos juzgado ciertas figuras y episodios históricos.

En estas novelas crea “otro Castelli”, “otro Rosas” , ni tan buenos, ni tan malos, simplemente humanos. Tomemos como ejemplo al Rosas que aparece en El farmer: el Restaurador vencido, viejo , solitario y sumido en horas de profunda vacilación se pregunta:

“¿Qué fui yo para ellos?, ¿Qué fui yo de ellos?” o ¿Qué sentían las mujeres y los hombres y los adolescentes, porque hubo adolescentes que Santa Coloma, Silverio Badía, Ciriaco Cuitiño, Leandro Alén, Salomón, iban a faenar con sus curvos sables afilados? o ¿Qué debí hacer para que mi destino fuera otro? “.

En La revolución es un sueño eterno, la voz de Castelli dice: “Hombres como yo, han sido derrotados más de una vez, por irrumpir en el escenario de la historia antes de que suene su turno”, y luego dice:

“Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una capital que exterminó la utopía pero no su memoria?”

Resulta evidente que esta historia se aleja notablemente de la historiografía canónica, de la historia escrita por los vencedores. Rivera propone “otra historia”.

En alguna oportunidad un periodista le preguntó cómo se forjaba esa tentación de escribir ficciones acudiendo a la historia, Rivera respondió que la historia le permitía tomar distancia y escribir con más serenidad, pero que de ningún modo se proponía evitar una alusión al presente.

A través de los episodios históricos, Rivera logra crear una metáfora que atraviesa fatalmente nuestro presente. Quizás Rivera haya frecuentado las páginas de Unamuno y al igual que el escritor español, nuestro autor crea que la “Historia no es el pasado sólo, no es la tradición, no es tampoco el porvenir, el progreso. La historia es el presente eterno. Y es el crecimiento íntimo, de dentro a fuera, el enriquecimiento del contenido espiritual”.


Lic. María Alicia Camino

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