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La esperanza no deja lugar para la inseguridad

por Hugo Basile

Argentina de la inseguridad, de la culpa ajena, de las miserias.
La miseria, la inseguridad, aparecen como entidades que te están esperando a la vuelta de la esquina, con una cara determinada, una mirada, una actitud.
Es Bonelli asustándote en la pantalla: “otra vez la inseguridad atacó…” como si fuese el cuco, el hombre lobo, o cualquier otro monstruo fabricable para el espectáculo.
Sin embargo no son tal cosa.
Son productos de procesos. Fueron gestadas. No aparecieron en forma espontánea.
También fueron gestadas las caras de la inseguridad: un menor, un morochito, un pibe pobre. Un  abandonado por la sociedad.
Casualmente la cara de Narváez, o de Tinelli, que colaboraron activamente en ese proceso de desesperanzamiento de nuestra sociedad, quienes provocaron con sus deseos de omnipotencia neoliberal al problema, son quienes dicen que lo pueden resolver.
En cierta forma en ellos radica la inocencia de no saber que en poco tiempo más alguien les estará golpeando la puerta, quizás para pedirles, quizás para asaltarlos, quizás algo peor.
Sin embargo a lo largo de años han sido estos sectores los que instalaron el: te saco lo que quiero porque tengo el derecho y la libertad de tener y si protestás o te quejás después te mato.
Todo bajo la legalidad que les otorga  la otra careta fabricada por los medios: aquella del chico adinerado que no necesita la plata y nos viene a ayudar porque es bueno, de alma, de corazón.
Cuál de los dos extremos visuales sería capaz de matarte?, el morochito o el pelirrojo?

Una película que hemos visto primero protagonizada por la troupe militar que dejó paso al campesino y al industrial  neoliberal, y ahora protagonizada por los que sufrieron las consecuencias.
Todos los días alguien pregunta cómo se resuelve el tema de la inseguridad, de la corrupción, del delito. Y todos esos días se escuchan respuestas absurdas, muchas de ellas surgidas de la estupidez más profunda que el ser humano pueda expresar.
Se acusa a la supuesta inoperancia de un gobierno que está siendo avasallado por los sectores más nefastos de nuestro país, los más ignorantes y retrógrados pero al mismo tiempo los más poderosos.
Y no puedo evitar preguntarme sobre la relación entre el poder y la ignorancia, donde en definitiva quizás no sea ignorancia la palabra adecuada, que en muchos casos puede suceder que lo sea, sino que me acerco más a la palabra desidia.
En la siempre presente búsqueda de respuestas, me encuentro con un pensador digno, de aquellos a los que la universidad deja fuera por “fallidos”, ya que obviamente la academia no puede soportar máculas, pero que siempre han pensado el problema mucho antes que nosotros.
Las respuestas, los motivos, ya los tenemos; sin embargo la mayoría de las veces falta la voluntad de modificar, generalmente también por desidia o por ignorancia, casualmente los dos elementos que acompañan al poder.
Me refiero a Erich Fromm, quien el 1968, hace exactamente cuarenta años, publicaba un pequeño libro titulado “La revolución de la esperanza” (Editado en español por el Fondo de Cultura Económica para quien quiera leerlo).
Precisamente puede observarse esta falta de esperanza en el país, una falta de esperanza tal que aún cuando algo se hace posible ya no se lo registra.
Fromm se pregunta por la esperanza y plantea dos tipos de esperanza. Por un lado aquella que solo se centra en la espera de que algo cambie, una esperanza pasiva, donde se es simple espectador de lo actuado, por el otro, una esperanza activa, donde quien tiene esa esperanza se mueve para construir por sí mismo los escalones que llevan al encuentro de lo esperado.
Y encontrar la similitud con el planteo de Enrique Pichón Riviére, quien proponía la planificación de la esperanza por medio de una adaptación activa a una realidad propuesta por el medio, en la que uno se apropia críticamente de esa realidad para transformarla, es inmediato.
Sin embargo, Fromm plantea también un aspecto más inquietante y que tiene una relación más directa con nuestra realidad como sociedad, y ésto es “el destrozamiento de la esperanza”, en relación a lo cual nos dice:

“Pocos individuos escapan al destino de que en un momento u otro de su desarrollo, sus esperanzas se vean malogradas y algunas veces completamente destrozadas. Quizás esto sea bueno. Si un hombre no tiene la experiencia de que se frustre su esperanza cómo podría llegar a ser fuerte e inextinguible? Cómo podría evitar el peligro de convertirse en un soñador optimista?.
Mas por otra parte, a menudo la esperanza es destrozada a tal grado que un hombre puede no recobrarla jamás….”

Podríamos pensar que este destrozamiento de la esperanza solo puede ocurrir en una clase social determinada, la de aquellos que nunca tuvieron y que ya no esperan, sin embargo esto sería por un lado cuasi discriminatorio, y por el otro la incompletud de pensar que “lo necesario” solo es lo material. Podemos ver que las formas que produce este destrozamiento, es propio del humano y puede manifestarse en diferentes niveles sociales y ante diferentes necesidades:

“Otra consecuencia del destrozamiento de la esperanza es el “endurecimiento del corazón”. Sabemos de muchos individuos –desde delincuentes juveniles hasta adultos “curtidos” ajenos al crimen- que en un momento dado de sus vidas, sea a los cinco años,  a  los doce o a los veinte, no pueden tolerar que les hagan más daño. Algunos de ellos deciden, como en una visión o conversión repentina, que ya han tenido bastante, que no sentirán nada nunca más, que nadie podrá ya lastimarlos, pero que ellos si harán daño a otros. En ocasiones se lamentan de su mala suerte en no encontrar amigos o alguien que los ame, pero es su destino, no su mala suerte. Habiendo perdido la empatía y la compasión, no tienen contacto con nadie ni puede entrarse en contacto con ellos. Su triunfo en la vida es no necesitar de nadie. Se enorgullecen de su intocabilidad y gozan con poder hacer daño. El que ésto se cumpla bajo formas legítimas o criminales depende mucho más de los factores sociales que de los psicológicos. La mayoría de ellos, pasan su existencia congelados afectivamente, siendo, por lo tanto, infelices hasta que sus vidas se acaban.  Mas no es raro que ocurra un milagro y dé principio al descongelamiento. Simplemente puede ser que encuentren a una persona en cuya preocupación e interés ellos crean, y se abran nuevas dimensiones sentimentales. Si tienen suerte, se descongelarán totalmente y las semillas de la esperanza, que parecían haber sido destruidas, cobrarán vida una vez más.”

Me resonó profundamente  “su triunfo en la vida es no necesitar a nadie. Se enorgullecen de su intocabilidad…”, ya que todos los días, en cada ámbito de la sociedad argentina, podemos encontrar a estos sujetos en los diferentes niveles sociales: un taxista, un pibe chorro, un político, un terrateniente. Podríamos decir entonces que ésto es propio de la condición humana?, o simplemente instalamos esta conducta como decisión ante la vida?.
En diversos artículos he insistido en esta conducta que aparece como fractal en los diferentes niveles sociales y que se repite permanentemente, pero no siempre se hace visible con toda claridad precisamente por los factores que tratan de ocultar un aspecto y resaltar el otro: entre la insensibilidad del pibe y el adulto chorro que mata en la calle para sacarte nada y la postura de un terrateniente al que no le interesan las consecuencias de su infinita avaricia no hay más que diferencias de forma, sin embargo es común que se condene al pibe chorro y que se aplauda a Biolcatti. Pero aquí la cuestión no son las preferencias de clase social sino lo patológico de ambas conductas aprendidas que reflejan un mismo aprendizaje en el que  el destrozamiento de la esperanza se hace visible: la desidia se expresa en ambos, y el triunfo de ambos es el poder de hacer aquello que quieren sin necesitar la aprobación de nadie. El “endurecimiento del corazón” aparece en ambos. Sin embargo agrego otro factor, ya que las responsabilidades no son las mismas: quién aprendió de quién?

“Otro resultado y mucho más severo del destrozo de la esperanza es la destructividad y la violencia. Justamente porque los hombres no pueden vivir sin esperanza, aquel cuya esperanza ha sido completamente destruida aborrece la vida. Y puesto que no puede crear vida, quiere destruirla, lo cual es apenas poco menos que un milagro, aunque más fácil de realizar. No desea sino vengarse a causa de la vida que no ha vivido, y lo lleva a cabo arrojándose a una destructividad total, de tal modo que poco importa si destruye a los demás o lo destruyen a él.
Por lo general, la reacción destructiva provocada por la esperanza destrozada suele encontrarse entre aquellos que, por razones económicas o sociales, se hallan excluídos de las comodidades de la mayoría y no tienen sitio que ocupar social o económicamente. No es, sobre todas las cosas, la frustración económica lo que conduce al odio y a la violencia. Lo que lleva a ésta y a la destructividad es la falta de esperanza de la situación, las promesas rotas siempre repetidas. En efecto, hay pocas dudas de que los grupos que sufren tanta privación y maltrato, que no son capaces siquiera de sentirse sin esperanza debido a que no tienen idea de ella, (subrayado es mío) son menos violentos que aquellos que ven la posibilidad de la esperanza y, sin embargo, reconocen al mismo tiempo que las circunstancias hacen imposible su realización. “

El mundo neoliberal del mercado prometió que podías tener todo siempre y cuando fueras capaz de romper tus tradiciones, tus afectos, tus vínculos y separarlos de los negocios. Pero en función del negocio tenés la justificación para destruir, aplastar, traicionar, robar, y múltiples etcéteras. Solo hay un requisito, y es que tenés que pertenecer a cierto nivel de clase social, color de piel, nivel de belleza, etc.
La promesa fue para todos, aún sabiendo que no lo era, que el “para todos” era una falacia, sin embargo todos reclaman lo prometido, algunos desde un canal de televisión y otros a punta de pistola a la vuelta de la esquina. En ambos casos a ninguno de los dos le importa otra cosa que obtener el premio.
La consecuencia es obvia, y si se quiere ya lo decía la expresión arquetípica del Nazareno: “no se puede responder a Dios y a Mamon”. Quien respeta las leyes del mercado tarde o temprano se verá en la obligación de traicionar la condición humana.

Psicológicamente hablando, la destructividad es la alternativa ante la esperanza, justamente como la atracción por la muerte es la alternativa ante el amor a la vida, y justo todavía como la alegría es la alternativa ante el aburrimiento.
“No únicamente el individuo vive gracias a la esperanza. Las naciones y las clases sociales viven también gracias a la esperanza, la fe y la fortaleza, y si pierden ese potencial, desaparecen, sea por falta de vitalidad o por la destructividad irracional que desarrollan.”

En este contexto que plantea Erich Fromm quizás pueda verse mucho de lo que sucede no solo en nuestra sociedad sino en todas las sociedades latinoamericanas en las que las consecuencias de la fiesta neoliberal se hizo más notoria y aparecen como emergentes casi las mismas conductas: clases golpeadas que producen un cierto nivel de delincuencia, otras clases engolosinadas que intentan dividir países para no perder rentas, medios de difusión que apoyan a esas clases engolosinadas porque también tienen intereses, y que por otro lado se han encargado de estupidizar a las sociedades mediante artistas estrellas y “famosos”.
La globalización de las ideas hizo el resto.
Pero más allá de Fromm, Sigmund Freud ya planteaba y quizás hasta sentenciaba en “El porvenir de una ilusión”, quizás desde una advertencia a su propia clase de lo que podía suceder en un futuro:

“No hace falta decir que una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus partícipes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece.”

Y es que merece nuestra cultura la duración en el tiempo cuando es la propia cultura la que aparece generando el problema, como la serpiente ourobórica que se muerde la cola a sí misma?, o simplemente es necesario que resuelva este dilema aparentemente sin salida para dar un nuevo paso hacia el nivel siguiente de evolución como sociedad?.
Me quedo con la segunda definición de Fromm con respecto a la esperanza, y la propia definición de Riviére: la visión de una esperanza activa, que nos permita construir el siguiente nivel de evolución como sociedad. Una esperanza vista de antemano como la sociedad deseada, y no como la recibida o la heredada.
Pero para ese logro, no nos va a alcanzar con los datos que nos brinda el propio mercado a través de sus medios y de sus propios productos, que son los de aniquilar al producto de sus propias acciones, sino que los datos para esa construcción tendrán que surgir de nuestras necesidades más profundas como humanos. Necesidades que no van asociadas al tener, sino al ser: qué necesitamos para poder ser?, qué necesitamos para jugar hacia el lado de la vida? Qué necesitamos para ese milagro que menciona Fromm para que el otro crea que realmente tenemos deseos de ayudarlo?, de tomarlo enserio?.
Mientras escribo ésto, la pantalla de canal trece me muestra a una notera de Chiche Gelblund entrevistando  un chico de la calle que no tendrá día del niño, preguntando hasta hacerlo llorar, y dándose cuenta de que ese llanto la sorprendía y le causaba dolor,  su sensación parece ser: toqué y se rompió sin saber que se rompía. Ahora, cómo lo arreglo?

-Nooo!, no llorés, decime cómo te puedo ayudar, qué puedo hacer? – pregunta la notera
-No sé – dice el chico, y sigue llorando

Y no hay respuesta, porque la pregunta, finalmente es para la pantalla, para el que lo mira por tv. No es un ofrecimiento de ayuda genuino, verdadero. Es para que alguien lo mire ahora y lo olvide después.
Existe ese punto en el que podemos construir la esperanza con el otro, desde la necesidad común que crea en lugar de destruir, y que arma la sociedad que queremos todos, por más utópica que pueda parecer, porque es el horizonte. Porque es el mañana.

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  1. Ana maria
    agosto 23, 2012 en 9:24 pm

    Algunas cosas las comparto.
    El camino sería por el lado de la educación, pero una educación genuina; que forme ciudadanos dignos y pensantes (que puedan pensar por sí mismos) y no adoctrinados políticamente por ningún partido. Hace muchos años se viene haciendo lo contrario. Se ha destruído la educación. Eso les conviene, porque al no pensar por sí mismos, se convierten en masa y son más fáciles de arrastrar. Los contenidos curriculares no se adecúan a la realidad, ni incentivan la avidez necesaria para sentir el deseo de aprender, por lo cual, los jóvenes que no cuenten con el ínterés particularizado de algún “tutor” que les ponga a disposición las herramientas para llegar a ser libres pensadores, formarán seguramente, la inmensa masa que siga las embestidas de los gobernantes de turno, y mal podrán aportar algún cambio social. Porque el revanchismo no califica como cambio verdadero. Sí lo sería el ansia de saber, de trabajo genuino, de libertad de expresión y posibilidad de crecimiento social.
    Es cierto que más que lo material es necesario lo espiritual. Eso si no se tiene, se puede aprender. Pero hay que querer hacerlo y primero deben estar otras necesidades satisfechas. Lamentablemente, pareciera que a los políticos poco les interesa. Son una clase privilegiada que no “baja” a la realidad de los ciudadanos que han votado con la esperanza de conseguir lo que les han prometido. Un país con igualdad en educación, salud, trabajo, seguridad y prosperidad económica para todos los ciudadanos y no para la clase dirigente o el partido político de turno.
    La marginalidad no se erradica con limosna. Sólo puede revertirse con educación, salud y TRABAJO. Por supuesto, para ello es imprescindible la seguridad, porque sin ella no se puede lograr ninguna de las otras.
    Hagamos lo que haya que hacer para contener a las clases marginales (contención afectiva y psicológica que no hayan recibido en sus hogares,TRABAJO, educación, salud) y hagamos que las leyes se cumplan. No puede ser que un señor que mató a su esposa delante de sus hijos salga de la cárcel para ir a un acto partidiario. No es un buen mensaje. Despues no nos quejemos si no se cumple la ley. Para qué? si es lo mismo.

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